¿VENIR AL MUNDO O SER TOMADO?

Por: Diana Patricia Carmona Hernández

Lo cierto es que no fue nada fácil inducir a
Oliver a que cargara con la responsabilidad de respirar —práctica molesta, pero
que la costumbre ha convertido en necesaria para llevar una vida normal—, y
estuvo un buen rato jadeando sobre un pequeño colchón de borra, tratando de
mantener el equilibrio mientras se mecía entre este mundo y el otro, con la
balanza claramente inclinada hacia el segundo. Pues bien, si durante ese breve
espacio de tiempo Oliver hubiera estado rodeado de abuelas preocupadas, tías
nerviosas, nodrizas experimentadas y médicos de gran sabiduría, no cabe duda de
que hubiera muerto inevitablemente en cuestión de segundos.

Charles Dickens. Oliver Twist

Con el empeño de dilucidar los mecanismos estructurantes que dan cuenta de la inserción del niño en lo social y las dinámicas contingentes que operan en la relación entre éste y la cultura, el presente coloquio se propone circunscribir la función humanizante de la pulsión para el viviente, destacando cómo a partir de ella se instituyen para aquel que viene al mundo los vínculos con el entorno, los mismos que a manera de una amalgama para ser descifrada permitirán formular o intuir las posibles lógicas que subyacen a la condición del niño en la época actual.

Para tal propósito quisiera retomar el siguiente relato. En la Roma antigua[1], la criatura recién nacida no venía al mundo si no era por la decisión del jefe de familia. La manera usual como se daban los partos ilustra la cuestión: la parturienta estaba sentada en una silla especial -lejos de cualquier mirada masculina- y asistida por la partera; bien sea que la madre sobreviviera al parto o que fuera debido extraer de su cuerpo inerme a la criatura, ésta última era dejada por la comadrona en el suelo. El padre -o en su ausencia un representante encomendado por él- levantaba del suelo al recién nacido en señal de que era tomado, acogido como hijo suyo, o despreciaba hacerlo en señal de rechazo pasando a ser un niño expósito. Exponer era la forma de denominar la intención y el hecho de no acogerlo y podía hacerse ante la puerta de la vivienda familiar o en algún basurero público donde podría correr así mismo dos destinos: ser tomado por otros o morir abandonado. Las razones por las que se tomaba o exponía un hijo estaban determinadas por variantes como el sexo de éste (se exponía con mayor frecuencia a las niñas), el origen de la madre (no se tomaba a los hijos de las esclavas), la posibilidad económica del grupo familiar[2] y las disposiciones testamentarias propias de la época, entre otras. Sucedía también, en ocasiones, que la exposición era simulada en tanto la madre se aseguraba de que su hijo fuera criado por otros en secreto, así este podía convertirse en esclavo y posteriormente, quizás, en liberto de aquellos padres sustitutos si eran –por supuesto- ciudadanos. La adopción era del mismo modo una práctica bastante generalizada en la Roma descrita, posible de hacerse en cualquier momento de la vida de un individuo, niño o adulto, y por parte de cualquier ciudadano.

La operación anteriormente descrita marcaba para el niño, en un momento primordial, el ingreso o no en lo social, específicamente introducía la posible condición de ciudadano, de hombre para el Estado, y situaba –digámoslo de paso- a la familia como institución pública. Es posible apreciar a partir de allí cómo la condición de niño, hijo, padre o madre es un acontecimiento que rebasa lo puramente biológico, en tanto está atravesado por unas lógicas particulares a la época y a sus discursos: ser tomado o expuesto hacen parte de unas coordenadas que nos pueden ayudar a pensar el niño en la contemporaneidad, sin excluir otras lecturas posibles. Para algunos historiadores, y en ello puede coincidir el psicoanálisis, el cambio de actitud o el desplazamiento de la condición respecto del niño a lo largo de la historia obedecen a una mutación fundamentalmente cultural[3], esto es, que puede frenarse o expandirse gracias a efectos de fuerzas políticas y sociales. Precisando, sin embargo, que para Freud la cultura se define como: “toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres”[4], será menester detenernos de forma especial en este último factor y retomar la pregunta freudiana sobre ¿cuáles son los influjos a que debe su origen el desarrollo cultural?, pues ello habrá de conducirnos a la idea –que dicho sea de paso Freud no abandonó desde 1897 hasta sus últimos días- de que la cultura consiste en la renuncia pulsional, con todas las paradojas y vicisitudes que ello genera en el devenir psíquico del individuo.
En el acto de ser tomado -para servirnos de la denominación romana- desde la perspectiva psicoanalítica interviene el otro quien, como lo describe Freud, auxilia al viviente casi inerme que no separa todavía su yo de un mundo exterior de donde le vienen sensaciones. El mecanismo de la eficacia muscular –único patrimonio en este nuevo mundo- revela la imperfección del aparato anímico en su misión de reducir a cero toda cantidad de estímulo que le afecte. La situación parece así natural, el ser vivo adquiere un primer distingo y una primera orientación[5] a partir de un adentro y un afuera, pero en realidad es profundamente compleja; no se trata sólo de que el objeto de la satisfacción sea “bueno” –y entonces incorporado en el yo- o “malo” –para ser expulsado afuera-, sino también de que pueda ser reencontrado en la percepción[6].

Freud se esfuerza no sólo en Pulsiones y destinos de pulsión sino también en textos como Introducción del narcisismo, La negación y Formulación sobre los dos principios del acaecer psíquico, entre otros más, en desovillar lo acaecido en aquel momento mítico, dejando la idea de que sería imposible pasar de un yo-real (inicial) a un yo-placer y, luego, a un yo-real (definitivo) sin la intervención del Otro que satisface en posición de amparo las urgentes necesidades desde afuera. Incluso, frente a la satisfacción alucinatoria encuentra que el desengaño –representado por la ausencia de la satisfacción esperada- es el que trae como consecuencia el abandono de dicho intento y obliga así al aparato psíquico a “representar las constelaciones reales del mundo exterior y a procurar la alteración real.”[7] Pero para que ello ocurra, nos dice Freud, deben haberse perdido objetos que procuraron anteriormente una satisfacción real.

Esta condición, el rasgo heterónomo de la pulsión en oposición al autónomo del instinto, impele entonces al aparato anímico a expandir sus vínculos con el entorno. La pulsión, como medida de la exigencia de trabajo impuesta a lo anímico en su relación con lo corporal demanda del aparato un nuevo esfuerzo, diverso al del mecanismo de huída y que para la solución del apremio de la vida requiere que el Otro instale el objeto posible de satisfacción, aunque éste, paradójicamente, no esté dentro de sus posesiones. Así el Otro con su irrupción, su seducción, instituye lo sexual y ello -sabemos para Freud- tiene un carácter traumático. Podríamos conjeturar entonces que desde esta perspectiva ser sexualizado, erotizado, traumatizado, corresponde a una forma de ser tomado por el Otro. En la experiencia de la posición de amparo de la madre –o quien en ese el lugar se dispone- se instaura así la estructura donde se da un lugar al niño respecto de una lógica inconsciente. La satisfacción de lo trieb[8] se lleva a cabo -en todos los casos- en la cancelación del estado de estimulación en la fuente, esto es, en el ir y volver que necesariamente hace un rodeo cuya movilidad es denominada por Freud viscicitudes de la pulsión y en la cuales señala la emergencia de los fenómenos psíquicos; este movimiento de la pulsión en torno al objeto es pues primordial para que se instituya el vínculo pero donde –como lo expone Freud- el objeto es lo mas variable.

Ahora bien, en El malestar en la cultura se plantean algunas cuestiones inherentes a la ligadura entre la cultura y la pulsión: primera, es que no hay vínculo social posible sin renuncia pulsional, en tanto la pulsión es precisamente heterogénea al vínculo que se constituye ya que aspira sólo a su satisfacción y tiene como único motor el empuje (drang); segunda, la cultura impone a todos por igual la misma renuncia, haciendo con ello una negación de la especificidad del individuo; tercera, la cultura propone vías –sublimatorias dice Freud- mediante las cuales se pueda tramitar ese resto pulsional que continúa en su empuje; y cuarta, la idea de que los ideales políticos y hasta los éticos se asoman como un fracaso en la tarea de llevar a cabo esta tramitación. Para Freud estos últimos son tomados como formaciones de ideal de los seres humanos y situados en la cúspide de los valores más elevados de una cultura[9] -junto a las especulaciones filosóficas y los sistemas religiosos- que operan como representaciones acerca de una perfección posible del individuo, del pueblo y de la humanidad.

Pero, ¿cuáles son sus requerimientos? ¿Se caracterizan de manera diversa en las diferentes épocas? ¿A qué factores respondería tal diferencia? El problema de la actualidad se presenta como un derrotero de trabajo sobre el cual podemos, por el momento, adosar lo siguiente: no es posible, en realidad, categorizar de forma absoluta la condición del niño en un período histórico-cultural dado, pues los fenómenos y los hechos que intervienen en esta dinámica sufren de cierta movilidad y conservación en el tiempo; sin embargo -o merced a ello- sí es posible observar que tanto la aparición como el “velamiento”, es decir, la forma de iluminar, en ocasiones, de despreciar, en algunos casos, de cubrir, en otros, los hechos y fenómenos que se dan en un momento de una cultura y un pueblo atañe específicamente a las lógicas propias de dicho momento. ¿De qué familia se habla hoy?[10] ¿De qué padre se trata? ¿Qué exigencias impone al niño la educación actual? ¿Qué lugar ocupa el niño respecto del discurso de la ciencia? ¿Cuáles son las vías de escape propuestas por la cultura para la tramitación pulsional? ¿Qué lógicas enmascara el asunto de la individualización[11] del niño? Estas cuestiones pueden ayudar en la comprensión de las represiones y prescripciones propias de nuestra cultura y en una cierta delimitación de las lógicas que participan en la forma como el niño es tomado o expósito en la contemporaneidad.

En fin, podríamos inscribir allí –a manera de premisas- una relación de fenómenos sociales contemporáneos tales como: procesos de socialización a más temprana edad -representados en el ingreso a guarderías y preescolares y en la existencia de programas de estimulación temprana, incluso intrauterina-, intervenciones educativas y farmacológicas dirigidas a una “higienización” de la conducta y del afecto del niño, avances médicos cada vez más sofisticados en el diagnóstico de cualquier tipo de anomalía, uso frecuente de métodos de fertilización que permiten hacer una “selección” del niño, celeridad en los procesos de aprendizaje y, en fin, toda una serie soportada sobre dispositivos tendientes a estimular, tecnificar, adecuar y domesticar al niño. El siglo XIX trae consigo todo un cambio en la atención sobre el niño, se sustituye la idea de caridad por la de prevención y se crea un “mercado de la infancia” que se desarrolla especialmente en los campos médico, jurídico y escolar. El niño, encauzado así bajo el discurso del proteccionismo y de una supuesta condición, no poder dar cuenta de sí, responde no obstante mediante síntomas: depresión, suicidio, toxicomanía, fracaso escolar, delincuencia, entre otros.

Ya en 1930[12] nos advierte Freud: “la familia no quiere desprenderse del individuo. Cuanto más cohesionados sean sus miembros, tanto más y con mayor frecuencia se inclinarán a segregarse de otros individuos, y más difícil se les hará ingresar en el círculo más vasto de la vida”; casi un siglo después pareciera que asistimos mediante esta “sobreprotección” del niño -para usar un término familiar- a la implantación de dispositivos que generan individuos más dependientes ya no de la familia quizá, pero si de los ofrecimientos del mercado y de sus modelos especulares: los niños deben ser más protegidos, tienen más peligros, necesitan más objetos para vivir, están más desvalidos que nunca…y entre uno y otro lo público es cada vez más privado, las nuevas tecnologías ofrecen un mundo alterno al de la realidad y el discurso pedagógico se presta cada vez con mayor fuerza a inventar formas de contener al niño.

Observemos entonces cómo el niño ya no es del Estado como lo era el romano -al menos no hablamos en la contemporaneidad del mismo Estado-, cómo en algunos casos pareciera no pertenecer a ningún linaje –tal y como si se daba predominantemente en los siglos XVI y XVII-, y de qué forma las particularidades modernas de la familia y las lógicas de la ciencia le otorgan otro lugar. En tal sentido, quizá sea menester en otro momento examinar cómo la naturaleza de lo público y de lo privado se han modificado relevantemente para nuestra época. Sin embargo, hacerse a un cuerpo, situarse en una historia con respecto a sus antepasados –estirpe o familia nuclear- o estar atravesado por los ideales de una época y una sociedad, se presentan como cuestiones actuales y fluctuantes a cualquier período histórico, de allí que al comienzo de este coloquio habláramos de mecanismos estructurantes tanto como de contingencias en la relación individuo y cultura.

Quedan por pensar en la dialéctica propuesta del ser tomado o expósito, los discursos que sobre el niño pesan en la actualidad. La reflexión psicoanalítica contemporánea se ha expresado al respecto de los cambios que los discursos actuales revelan: de un lado, cómo los significantes que antes universalizaban ahora no son tales haciéndose cada quien a los suyos y, de otro, sobre la forma contemporánea de uniformar y homogeneizar. Me gustaría entonces plantear una inquietud última ¿responde el discurso contemporáneo en su forma de intervenir sobre el niño a una idealización de éste? Y, si así fuese, ¿cuáles las consecuencias subjetivas para él?

[1] Veyne, Paul, “Desde el vientre materno hasta el testamento”, En: Aries, Philippe, Historia de la vida privada, Vol 1, Madrid, Ed. Taurus, 2001.

[2] En las provincias, las familias solían cederse entre sí a los niños en razón de un límite de bocas posibles de alimentar con los recursos poseídos.

[3] Gélis, Jacques, “La individualización del niño”, En: Historia de la vida privada, Vol III, Op. Cit.

[4] Freud, Sigmund, El malestar en la cultura, Obras completas, Vol XXI, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1978, página 88.

[5] Freud, Sigmund, Pulsiones y destinos de pulsión, Obras completas, Vol XIV, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1978.

[6] “La oposición entre subjetivo y objetivo no se da desde el comienzo (…) El fin primero y más inmediato del examen de realidad {de objetividad} no es, por tanto, hallar en la percepción objetiva {real} un objeto que corresponda a lo representado, sino reencontrarlo, convencerse de que todavía está ahí”, La negación, Tomo XIX, Obras completas, página 255. Op. Cit.

[7] Freud, Sigmund, Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico, Obras completas, Vol XII, página 224, Op. Cit.

[8] Freud, Sigmund, Pulsiones y destinos de pulsión, Op. Cit.

[9] Freud, Sigmund, El malestar en la cultura, páginas 92-93, Op. Cit.

[10] “un buen modo de acercarse a las transformaciones que han afectado a la vida privada durante el siglo XX consiste en preguntarse sobre la evolución del cuadro doméstico: la historia de la vida privada es primero la del espacio en que se inscribe. Prost, Antoine, “Fronteras y espacios de lo privado”, En: Historia de la vida privada, Vol. V, página 57. Op. Cit.

[11] Con individualización del niño quiero referirme a lo que para ciertos historiadores es expresión de los vínculos que unen las formas de privatización y la nueva conciencia del individuo y que a partir de los siglos del clacisismo –especialmente- tiene como consecuencia que el niño se desligue del linaje y emerja como individuo en Occidente. Es posible que formas actuales como la aparición de los derechos del niño y una preocupación jurídica por su condición se relacionen con dicho proceso.

[12] El malestar en la cultura, página 101, Op. Cit.

Las Cartas de viaje de Freud (1895-1923)


La editorial Siglo XXI editores tiene dentro de sus recientes publicaciones la primera entrega al público de las cartas de viaje de Sigmund Freud. Dicho material, extraído de los textos manuscritos originales, se compone de postales ilustradas, tarjetas y cartas que Freud escribió a su esposa Marta y a sus hijos, principalmente, entre los años 1895 a 1923. El texto incluye además un pequeño escrito, desconocido hasta ahora, llamado Observaciones en torno a rostros y hombres escrito por Freud luego de su visita a la National Portrait Gallery de Londres. La Editorial comenta respecto de Cartas de viaje: "descubrimos otra faceta del fundador del psicoanálisis: el hombre sensual, con alegría de gozar, cuya capacidad para las vivencias parecía ilimitada. Le encantaban sobre todo la Toscana, Sicilia y, naturalmente, Roma, la «ciudad incomparable», que visitó siete veces. Le atraían asimismo las altas montañas; recorrió el Tirol meridional y Suiza, pero también viajó a Grecia, Inglaterra, América y Holanda."

La Editorial nos ofrece gentilmente acceso libre a la introducción del libro llamada Ayer volví a soñar con viajar, a cargo de Christfried Tögel, para consultarla puede dirigirse a la página principal de Siglo XXI Editores o haga click aquí.

El Inconsciente y el Otro

Por: Jorge Iván Jaramillo Zapata

El siguiente escrito tiene como punto de partida la afirmación de que el sujeto en tanto neurótico o psicótico “depende de lo que tiene lugar en el Otro”[1]. La pregunta es entonces por lo que éste Otro significa para la teoría psicoanalítica. Este escrito emerge de la conceptualización que se había hecho a partir de la noción del Yo para la filosofía cartesiana y la concepción psicoanalítica del yo.

En el Seminario II, Lacan considera una distinción entre dos otros. En primer lugar está el otro (a) y el Otro (A). Dicha distinción expuesta en el capitulo Introducción al gran Otro, establece una diferencia en tanto que el primero se refiere al otro como imagen del yo, mientras que el segundo se encuentra en la función de la palabra[2].

A partir de dicha distinción, Lacan se separa de los teóricos de la psicología del yo, los cuales, para él, tienen como objetivo del análisis una realización imaginaria del sujeto, en tanto le dan más importancia al yo quien solo se relaciona con otros desde el plano imaginario; diciendo así Lacan que el sujeto y el yo se confunden.

El otro es entonces el mismo yo debido a que el otro es imagen de él. Por lo tanto el yo como construcción imaginaria se relaciona con otros a nivel de la imagen. Dice Lacan: “en la medida en que el sujeto los pone en relación con su propia imagen, aquellos a quienes les habla también son aquellos con quienes se identifica”[3]

Sin embargo estos objetos con quienes el sujeto se relaciona imaginariamente están nombrados en un sistema organizado que se encuentra en el muro del lenguaje. ¿Dónde se encuentran pues los otros como verdaderos sujetos? – precisamente en el lado del lenguaje, del inconsciente, esto es lo que diferencia al sujeto del analista. El analista se dirige a Otros, verdaderos sujetos, “que son lo que no conocemos”[4].

Es el Otro el que fundamenta la palabra, el que hace remitirnos al otro objetivado, como imagen especular. No obstante, el muro del lenguaje separa al sujeto de este gran Otro, arrebatándole al sujeto, o más bien, separando su discurso de su saber, de ahí que el sujeto no sepa lo que dice.

Si es el Otro el que fundamenta la palabra, es entonces este el sustento de que el sujeto depende de lo que tiene lugar en el Otro, que es lo que afirma Lacan en el tratamiento posible de la psicosis. El Otro para Lacan es la fuente de los sueños, los síntomas, las fantasías, los lapsus; en términos reducidos las formaciones del inconsciente formuladas por Freud.

Frente a esta formulación dice Lacan: “por lo demás si nos quedara una duda, Freud nombró el lugar del inconsciente con un término que le había impresionado en Fechner (…): ein andere Schauplatz, otro escenario; lo repite veinte veces en sus obras inaugurales”[5]. Vemos así que Freud en el capitulo VII de La Interpretación de los sueños lo dice de la siguiente forma:

“entre todas las observaciones que sobre la teoría de los sueños nos ofrecen las obras de los autores ajenos al psicoanálisis hallamos una muy digna de atención. En su obra Psicofísica (tomo II, Pág. 526) influye el gran G. Th. Fechner la hipótesis de que la escena en la que los sueños se desarrollan es distinta de aquella en la que se desenvuelve la vida de representación despierta, y añade que sólo esta hipótesis puede hacernos comprender las singularidades de la vida onírica”[6].

Esto lleva a Freud a pensar en una localidad psíquica, hipótesis que desarrolla cuidadosamente de la siguiente manera: inicialmente trata de construir el aparato anímico en forma anatómica. Representa entonces el aparato anímico como un instrumento compuesto de sistemas; partiendo que la actividad psíquica parte de estímulos internos y externos y termina en inervaciones, Freud nombra dos extremos: por un lado el extremo sensible que es el sistema que recibe las percepciones, y por otro lado el extremo motor el cual se encarga de la motilidad. El proceso psíquico, según Freud, se desarrolla en general pasando desde el extremo de percepción hasta el extremo de motilidad[7]. La hipótesis siguiente es que el aparato psíquico esta construido como un aparato reflector y que el modelo de las funciones psíquicas se dan por medio del proceso de reflexión.

Con esto anterior, Freud se dispone a describir el funcionamiento del aparato psíquico de esta manera: “las percepciones que llegan hasta nosotros dejan en nuestro aparato psíquico una huella a la que podemos dar el nombre de huella mnémica (Erinnerungsspur)”[8]. Esta huella mnémica cumple la función de la memoria. Para Freud, la huella mnémica consiste en modificaciones permanentes de los elementos del sistema. La hipótesis a continuación es que los estímulos de percepción no poseen memoria y, por ende, los recibe un sistema anterior del aparato; detrás de este sistema se encuentra el que transforma la excitación en huellas duraderas. Las percepciones que llegan al sistema de percepción se encuentran enlazadas entre sí en la memoria, esto es lo que Freud llama asociación y son los sistemas mnémicos los que conservan la asociación, ya que el sistema de percepción carece de memoria como se dijo anteriormente. Esto lleva a Freud a afirmar que el sistema de percepción nos aporta las cualidades sensibles, mientras que los recuerdos, es decir, los sistemas mnémicos, pertenecen a un sistema posterior; son de carácter inconsciente pero susceptibles de emerger en la consciencia.

Se encuentra pues situado en el extremo motor el sistema preconsciente, en el cual los procesos de excitación pueden ser directamente conscientes, además de ser el sistema encargado de la motilidad voluntaria. Por otro lado, anterior al sistema preconsciente, se encuentra el sistema inconsciente. Dice Freud al respecto: “al sistema que se encuentra detrás de él (Sist. prec) le damos el nombre de inconsciente porque no comunica con la consciencia sino a través de lo preconsciente, sistema que impone al proceso de excitación, a manera de peaje, determinadas transformaciones”[9]. El peaje que nombra Freud en esta afirmación es la censura, la cual es la que determina lo que puede acceder a la consciencia; esto se retomará mas adelante para sustentar la tesis sobre el desplazamiento y la condensación. Por ahora Freud consigue sustentar que la localidad psíquica del sueño, el otro escenario, es el inconsciente; así el inconsciente es el punto de partida para la formación de los sueños[10].

Es a partir de este descubrimiento freudiano que Lacan introduce la dimensión de la Otra-cosa, ese lugar donde el deseo, el hastío, el enclaustramiento, la rebeldía, la oración dan testimonio de su existencia. Ese lugar que Lacan llama –invocando a Baudelaire- el paraíso de los amores infantiles[11], diciéndolo en otras palabras lo reprimido freudiano, ya que para Freud el sueño, además de representar una realización de deseos de lo inconsciente, plantea que el deseo representado en el sueño tiene que ser un deseo infantil[12].

Dentro de las investigaciones de Freud en la interpretación de los sueños, se encuentra el proceso de elaboración onírica. Una de sus preocupaciones era descubrir dentro de dicha elaboración, la respuesta al olvido de los sueños. Es importante esto para Freud porque dentro de la experiencia clínica los sueños aparecen fragmentados, y que dichos fragmentos del sueño pueden ser engañosos. Al respecto dice Freud: “las modificaciones del sueño […] se hallan enlazadas con el contenido, al que sustituyen, y sirven para mostrarnos el camino que conduce a este contenido, el cual puede ser a su vez, sustitución de otro”[13]. A este respecto el olvido de los sueños y la sustitución de elementos oníricos por otros es un efecto de la censura de la resistencia la cual hace que el sujeto sustituya una expresión delatora por otra más lejana. La resistencia juega aquí un papel importante ya que la resistencia según Freud es todo lo que irrumpe el proceso de la labor analítica; resistencia que a su vez no se agota pese a los desplazamientos y sustituciones[14].

Hay un ejemplo claro sobre el olvido de los sueños que Freud expone; refiriéndose a un libro de Schiller, dice: it is from…; pero enseguida rectifica diciendo: it is by. Aquí Freud muestra un recuerdo que plantea ese error de expresión cometido en el sueño: “a los diecinueve años hice mi primer viaje a Inglaterra, y me hallaba un día a la orilla del Irish Sea, dedicado a la pesca de los animales marinos que la marea iba dejando al bajar sobre la playa, cuando en el momento en que recogía una estrella de mar (hollthurn y holoturias son de los primeros elementos manifiestos de mi sueño) se me acercó una niña y me preguntó: is it a starfish? Is it alive?... yo respondí: yes; he is alive; pero dándome cuenta de mi error, rectifiqué enseguida”[15]. Hay en este lugar una sustitución de la falta gramatical. Dice Freud al respecto que la palabra adecuada para “el libro de Schiller” es la preposición from, la sustitución se da por la similicadencia de este término con el adjetivo alemán form (piadoso) los cuales hacen posible un compendio o síntesis de representaciones; en términos freudianos una condensación.

En fin, la tesis de este apartado, es que es la resistencia, producida por la represión, la responsable del olvido del sueño, la cual debe ser vencida para que surja el recuerdo. No obstante, este olvido de los sueños es equivalente al olvido que recae sobre los demás actos psíquicos. Freud reconoce que el hecho que los sueños aparezcan durante la noche es debido a que la resistencia ha perdido parte de su poder que tiene en la vigilia, aunque no desaparece por completo ya que las ideas manifiestas disfrazadas en el sueño son producto de la misma.

Es la censura la que hace posible el desplazamiento de una representación a otra que pueda a probar su acceso a la consciencia, distintamente al papel que juega la censura en los delirios psicóticos los cuales para Freud “son la obra de una censura que no se toma el trabajo de ocultar su actuación y que, en lugar de prestar su colaboración a una transformación que no tropiece ya con objeciones de ningún género, tacha sin consideraciones aquello que no le agrada, con lo cual queda lo restante falto de toda coherencia. Esta censura se conduce del mismo modo que la ejercida sobre la prensa extranjera en la frontera rusa, censura que no deja llegar a los lectores sino periódicos mutilados y surcados de negros tachones”[16]. De esta forma la censura en la neurosis juega un papel que permite al sujeto el desplazamiento y la condensación para que los elementos inconscientes devengan conscientes de una forma disfrazada, mientras que en la psicosis, esto no es posible.

La asociación entre representaciones que emergen a la consciencia, es decir, que aparezcan ligadas unas con otras, es por los lazos de lo que Freud llama “asociaciones superficiales”[17], las cuales son la asonancia, el equívoco verbal, o la coincidencia temporal sin relación interior de sentido, son aquellas asociaciones que se emplean en el chiste y en el juego de palabras. Dichas asociaciones son las que llevan al sujeto desde el contenido manifiesto y los elementos colaterales a las verdaderas ideas latentes[18], es decir, las representaciones inconscientes.

Es la censura la que constituye la base del predominio de las asociaciones superficiales las cuales sustituyen las asociaciones profundas, ya que la censura crea un obstáculo para la emergencia de la representación a la consciencia., así la censura se dirige contra la conexión entre dos ideas, las cuales frente a dicho obstáculo se separan haciéndose conscientes quedando oculta la conexión, o la censura obra sobre ambas ideas, así que ambas se sustituyen para devenir conscientes, enlazándose bajo una asociación superficial para reproducir las asociaciones profundas. Según Freud, “bajo la presión de la censura ha tenido efecto en ambos casos un desplazamiento desde una asociación normal a otra superficial y aparentemente absurda”[19].

En cuanto a la condensación, Freud plantea que el sueño lleva a cabo una total transmutación de todos los valores psíquicos, despojando de su intensidad a unas representaciones para transferirlas a otras. Según esto, la condensación onírica es posterior a la regresión. Anteriormente se explicaba el procedimiento de Freud para sustentar la localidad psíquica. Así lo que es inconsciente debe sobrepasar la censura para devenir consciente a través de lo preconsciente. La hipótesis de Freud es que si el acceso de las ideas latentes a la conciencia dependiera de la pérdida de poder de la resistencia, esto mostraría otro elemento en la investigación freudiana que es el carácter alucinatorio del sueño.

Para Freud en el sueño alucinatorio la excitación toma un camino regresivo; en lugar de avanzar hacia el extremo motor, se propaga hacia el extremo sensible, llegando al sistema de las percepciones[20]. Se llama entonces sueño alucinatorio, porque el retroceso al sistema de percepciones, es decir la regresión, es la transformación de ideas en imágenes, ideas que se encuentran conectadas con recuerdos inconscientes, así como sucede en la histeria y en la psicosis. El sueño es pensado entonces en imágenes que son predominantemente visuales; se sustituye el pensamiento por la alucinación, en este sentido, la regresión no es más que la transformación de la representación en una imagen sensible. Dicha regresión cumple un papel no menos importante en los síntomas neuróticos. Freud distingue tres tipos de regresión: la regresión tópica, en el sentido de los sistemas que constituyen el aparato anímico; la regresión temporal, en cuanto se trata de un retorno a formaciones psíquicas anteriores; y la regresión formal, cuando las formas de expresión y representación acostumbradas quedan sustituidas por formas correspondientes primitivas. Pese a esta distinción, Freud aclara que dichos tipos de regresión son el fondo lo mismo, pues lo más antiguo es también lo primitivo en el orden formal, y lo mas cercano en la tópica psíquica al extremo de la percepción.

Freud argumenta posteriormente en Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños[21] que la regresión es la tercera fase de la formación del sueño y dicha regresión es tópica, es decir, el proceso urdido dentro del sistema Prcc y reforzado por el Icc toma un camino retrocedente a través del inconsciente hasta llegar a la percepción que se impone a la consciencia. La diferencia fundamental entre la elaboración onírica y la esquizofrenia, es que en la segunda las palabras en que se expresa el pensamiento preconsciente pasan a ser el objeto de elaboración, mientras que en el sueño, son las representaciones de cosas a las que las palabras fueron reconducidas; en el sueño entonces hay una regresión tópica, mientras que en la psicosis no. En esta última, no hay comercio entre las investiduras de palabra que se encuentran en el sistema Prcc y las investiduras de cosa en el sistema Icc, diferente a lo que pasa en el sueño y en la neurosis[22].

Las ideas latentes nombradas hace un momento, son los sucesos infantiles. Los deseos del sueño son derivados de su contenido, de ahí que Freud diga que el deseo representado en el sueño tiene que ser un deseo infantil[23]. La regresión es pues en este sentido la consecuencia de la atracción del recuerdo, representado visualmente. Dicha regresión finalmente es producto de la resistencia, al igual que el desplazamiento y la condensación.

A partir de esto Lacan nombra al inconsciente estructurado como un lenguaje. La sintaxis freudiana del desplazamiento y la condensación, son en la obra de Lacan las vertientes del campo efectivo que constituyen el significante, para que el sentido tome allí su lugar. Es en las dos dimensiones de la cadena de significante donde debe leerse el paso de la fórmula de Jakobson (metáfora y metonimia {selección y combinación} son los dos ejes del lenguaje), es decir, las dos fórmulas de Lacan: la condensación es una metáfora donde se dice como sujeto el sentido reprimido de su deseo, y: el desplazamiento es una metonimia donde se marca aquello que constituye el deseo, deseo de otra cosa que siempre falta[24].

A continuación se hará referencia a lo sustentado por Lacan en el escrito La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud, con referencia a la metonimia y la metáfora. Según Lacan la metonimia se apoya palabra a palabra en el significante; mientras que la metáfora es toda conjunción de dos significantes, en este sentido, la sustitución de un significante por otro, en palabras de Lacan lo siguiente: “la chispa creadora de la metáfora no brota por poner en presencia dos imágenes, es decir dos significantes igualmente actualizados. Brota entre dos significantes de los cuales uno se ha sustituido al otro tomando su lugar en la cadena de significante, mientras el significante oculto sigue presente por su conexión (metonímica) con el resto de la cadena[25]. A partir de esto, Lacan realiza un retorno a Freud en la interpretación de los sueños para articular los conceptos de metáfora y metonimia a la sintaxis freudiana. Así las dos vertientes de la incidencia del significante se encuentran en Freud de la siguiente manera en términos de Lacan: “la Verdichtung, condensación, es la estructura de sobreimposición de los significantes donde toma su campo la metáfora, y cuyo nombre, por condensar en sí mismo la Dichtung, indica la connaturalidad del mecanismo a la poesía, hasta el punto de que envuelve la función propiamente tradicional de ésta… La Verschiebung, o desplazamiento, es, más cerca del término alemán, ese viraje de la significación que la metonimia demuestra y que, desde su aparición en Freud, se presenta como el medio del inconsciente más apropiado para burlar a la censura”[26].

Tenemos entonces un boceto de lo que Freud nombra como el otro escenario donde se da lugar a la formación del sueño, articulándolo con lo que Lacan nombra como el Otro, aquello donde lo que tiene lugar constituye al sujeto, podría decirse, es allí donde el sujeto es localizado.

Damos entonces la palabra a Freud quien concluye el capitulo VII de la interpretación de los sueños de esta forma: “una vez que hemos conducido a los deseos inconscientes a su última y más verdadera expresión, vemos que la realidad psíquica es una forma especial de existencia que no debe ser confundida con la realidad material”[27], o como dice Lacan en el sueño de la inyección de Irma, citado en el Seminario II: “es mi inconsciente, esa palabra que habla en mí, más allá de mí”[28].

[1] Lacan, Jacques, De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis, Escritos II, p. 234
[2] Lacan, Jacques, Introducción al gran Otro, Seminario II, p. 335
[3] Ibíd., p. 366
[4] Ibíd., p. 367
[5] Lacan, Jacques, De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis, Escritos II, p. 234
[6] Freud, Sigmund, La interpretación de los sueños, Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, Cap. VII, p. 672
[7] Ibíd., p. 673
[8] Ibíd.
[9] Ibíd., p. 675
[10] Ibíd.
[11] Lacan, Jacques, De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis, Escritos II, p. 234
[12] Freud, Sigmund, La interpretación de los sueños, Obras completas, Ed. Biblioteca Nueva, Cap VII, p.682
[13] Ibíd., p.659
[14] Ibíd., p.660
[15] Ibíd., p. 662
[16] Ibíd., p. 668
[17] Ibíd.
[18] Ibíd.
[19] Ibíd.
[20] Ibíd., p. 675
[21] Freud, Sigmund, Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños, Obras completas, Tomo 14, Ed Amorrortu, Argentina, 1979, p. 226
[22] Ibíd., p. 228
[23]Freud, Sigmund, La interpretación de los sueños, Obras completas, Ed. Biblioteca Nueva, Cap. VII, p. 682
[24] Ducrot, Oswald; Todorov, Tzvetan, La Primacía del Significante, Diccionario Enciclopédico de las Ciencias del Lenguaje, Ed Siglo XXI, México, 1974
[25] Lacan, Jacques, La instancia de la letra, Escritos I, p. 192
[26] Íbid., p. 196
[27] Freud, Sigmund, La interpretación de los sueños, Obras completas, Ed. Biblioteca Nueva, Cap VII, p. 720
[28] Lacan, Jacques, El sueño de la inyección de Irma, Seminario II, p.259

spielratte: el juego de la rata, entre identificación y transferencia


Elaborado por: Alejandro Roldán Bernal

“Tía háblame, tengo miedo de estar en un cuarto tan oscuro. La tía contestó: ¿y que te importa que te hable?, de todas maneras no me ves. No es así, respondió el niño, cuando alguien me habla parece que hay luz”

El siguiente escrito tiene el objetivo de ilustrar, por medio de un acercamiento al caso del Hombre de las ratas, las dimensiones de la identificación y la transferencia, articuladas en un juego de constante retorno similar a la situación de las pequeñas ratas que se instalan dentro de una rueda giratoria hasta agotar su energía. Lo he titulado Spielratte, el juego de las ratas, haciendo uso del término en alemán para juego de cartas, articulado al desplazamiento por homofonía con la palabra Ratte, cuya traducción al castellano es rata, significante que marcará la formación del síntoma particular que en este caso se revela.
La investigación que realizo en el momento actual tiene como propósito dar cuenta de la función que la mirada tiene en la identificación del adolescente. En este escrito me permitiré dar cuenta de un concepto central en la investigación, la identificación, tomando como fenómeno lo descrito en el caso del Hombre de las Ratas, caso en el que la mirada-presencia que el padre constituye se deja traslucir desde los primeros momentos del historial, recordándonos lo que Freud comenta en el apartado del Yo y el Super yo ubicado en el escrito de 1923 El Yo y El Ello cuando nos dice en referencia a la identificación que:

“Nos lleva a la génesis del ideal del yo, pues detrás de él se oculta la primera y más importante identificación del individuo, o sea, la identificación con el padre”. (Freud, 1923)

En Freud desde 1893 en su texto Sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos, observamos la importancia de la mirada en la formación de síntomas neuróticos cuando nos hace notar en una de sus explicaciones que:

“No en todos los casos es tan trasparente la determinación del síntoma por el trauma psíquico. A menudo, ella sólo consiste en una referencia simbólica, digamos así, entre el ocasionamiento y el síntoma histérico. Esto es particularmente válido para los dolores. Así, una enferma padecía de penetrantes dolores en el entrecejo. La razón era que una vez, de niña, su abuela la escudriñó «penetrándola» con la mirada.” (Freud, 1893)

Esta penetrante mirada la veremos actuar en el caso de la formación obsesiva que nos presenta el Hombre de las ratas en diversas maneras, que van desde el placer de ver, pasando por la formación de sueños, en donde aparece una particularidad ocular: los ojos de la bella como mojones de caca, hasta en la expectativa de ser observado por su padre en situaciones de orden sexual.
El caso publicado para el año de 1909 se instala como paradigma para la comprensión de una afección nerviosa del pensamiento, como lo es la neurosis obsesiva. Desarrollaremos, pues, una descripción sumaria del historial para luego resaltar que la identificación al padre en el paciente es el motor y el esquema de la formación de los síntomas obsesivos expuestos en este caso, tratando de evidenciar el tratamiento realizado por Freud de la transferencia como un proceso de dialectización del padecimiento inscrito en el paciente.
El paciente, un hombre universitario de “inteligencia despejada” llega a la consulta con el antecedente de haberse acercado, tímidamente, a una de las obras de Freud en la que, según comenta, había encontrado la explicación de ciertas asociaciones verbales. Dispuesto a hablar de sus experiencias sexuales desde el inicio, realiza un relato sumario de ciertas vivencias de este mismo orden y de lo que para el momento le aquejaba: temor, impulsos obsesivos y prohibiciones resaltan en lo mencionado por él, todo esto en relación con lo que pudiera pasarles a las dos personas que más quería en el mundo, su madre y la dama de sus pensamientos.
Al inicio se pone en claro la regla principal del tratamiento, comunicar todo lo que se le venga a la mente, por desagradable, disparatado o nimio que pudiera parecer, punto central en donde la dirección de la transferencia en el análisis se inaugura ubicando los lugares del tratamiento. Por un lado se delimita la posición del analista como aquel que soporta un semblante de saber y que dirigirá, desde la regla antes mencionada, los encuentros con el paciente; por otro lado la posición del paciente como aquel que supone un saber en el otro y que se adhiere a dicha regla para, con la dirección del analista, encontrar el camino de la cura y una posición frente a los padecimientos que inundan su mundo.
Luego de este importante momento el paciente relata elementos de su vida personal referentes a la relación que entabla con un amigo, quien se erige como soporte y apoyo en los momentos en que le sobrevienen las ideas de la posible muerte de su padre, que le atormentan. Estas ideas lo acompañan desde la más temprana edad y su formación se da a partir de la emergencia de deseos sexuales, ligados al hecho de poder ver la desnudez de algunas muchachas, planteándose allí una forma particular del placer. Para sofocarlos, se desencadenaban estas ideas como castigo ante la voluptuosidad emergente. Dichas ideas le perturbaban con frecuencia, causándole gran malestar.
El placer visual se erige como motor del deseo obsesivo del sujeto, ante el cual se instala un temor de igual condición que le obliga a renunciar a su satisfacción, convirtiéndolo en un deseo imposible de realizar. Este se enuncia de la siguiente manera: “si tengo el deseo de ver desnuda a una mujer, mi padre morirá”. Son las medidas obsesivas las que se formarán como defensa ante este deseo, procurando alejarlo de las nefastas consecuencias que, a pesar de parecer no tener relación alguna, considera posibles dentro de su supersticioso pensamiento.
Esta mirada deseante, retornará, como lo veremos, como una mirada de reproche y de prohibición dirigida desde la figura paterna.
Una de las particulares creencias del paciente era la idea de que sus padres conocían sus más íntimos pensamientos, pensamientos que ni él mismo podía reconocer. Se ve en esto a la percepción endopsíquica del material reprimido que se proyecta y emerge como una mirada que puede poner en evidencia al sujeto. El historial revela cómo el paciente a lo largo de su cura considera esta posibilidad y la modifica en múltiples situaciones, en las que su padre es el protagonista de esta percepción proyectada.
La situación en la que se encontraba el paciente le permitía identificarse a la situación en que él sospechaba al padre antes de su matrimonio, ubicándose en su lugar pero en la incómoda posición de vacilación ante la de voluntad de su padre, entre la elección de un matrimonio por conveniencia y sus inclinaciones amorosas por una mujer poco adinerada.
Tras el matrimonio por conveniencia se esconde la figura del padre como obstáculo impuesto a su hijo frente a todo placer sexual. En el historial es posible observar que desde muy temprana edad esta figura es constituida o, para decirlo en términos de la fase oral, es incorporada como elemento propio del ideal del yo, como lo habíamos adelantado ya. Esta constelación psíquica puede acercarnos a explicar el contenido y la recurrencia de la idea de la muerte del padre ante la posibilidad de alcanzar el placer sexual.
Esto podemos confirmarlo cuando el paciente realiza su primer coito, momento en el que le sobreviene la idea de que por un placer tan grande valdría la pena asesinar a su padre. Ocurrencia singular, si tenemos en cuenta que para esta época su padre se encontraba ya muerto como padre real, pero superviviente como padre que estructura el mandamiento y la ley tiránicos propios de este caso.
La transgresión, dentro de lo que mencionamos como mandamiento y ley, es un elemento básico para la formación de los síntomas que el paciente presentaba en forma de ideas y conductas exhibicionistas, las cuales presentaba en su pubertad tanto ante algunas mujeres como ante el espejo en los momentos de voluptuosidad que emergían en sus lecturas nocturnas. Exhibicionismo y voyerismo son pues los lugares de ida y retorno de la pulsión en este paciente: al respecto recordemos lo que nos dice Freud en sus Tres ensayos para una teoría sexual acerca de esta pulsión de contemplación:

“Mas de mis investigaciones de los años infantiles, tanto de personas sanas como de neuróticas, debo concluir que la pulsión de contemplación puede surgir en el niño como una manifestación sexual espontánea”. (Freud, 1905)

Dicha espontaneidad, que nos aleja de la idea de una seducción anterior que guiara la pulsión sexual infantil, autoerótica, hacia un objeto sexual exterior, podríamos llamarla curiosidad de ver, pues en ella se busca ver lo que en ciertos lugares se esconde, lo que no se hace evidente, aún más, lo que debe ser ocultado por otros. Allí se encuentra fijado el personaje en cuestión, en quien siempre se despierta, siendo criminal y juez de sus propios actos psíquicos, el deseo de ver en las más extrañas y hostiles situaciones a aquellos a los que en su vida consciente confiesa amar.
Además de ubicar a estas personas como protagonistas de las escenas por él imaginadas. Al paciente, en espera de la entrada de su padre muerto al aposento en donde se encontraba leyendo, le invadía la idea de que lo vería estudiando pero a la vez exhibía su pene ante el espejo, siendo así el protagonista de su propia curiosidad sexual, representando una escena que podríamos seguir hasta la más temprana edad en donde el pudor no se había erigido como dique ante dicha exposición.
La escenificación mencionada articulaba la ambivalencia propia de la formación de compromiso. Satisface lo que su padre esperaba de él (verlo estudiando) y al mismo tiempo lo desafía para con ello alentar su furia. La identificación con el padre se pone en evidencia allí en donde el sujeto incorpora el mandato que lo obliga a estudiar como aquel lo hubiera querido.
La idea de que es una repetición de un momento anterior se encuentra confirmada por el paciente al relatar un acontecimiento sucedido en la más temprana edad, en donde el padre se interpone ante su onanismo infantil, reprendiéndolo físicamente.
El paciente respondió con un acceso violento de cólera, prorrumpiendo en insultos contra su padre; éste, asustado, enuncia la siguiente expresión: “este chico será un gran hombre o un gran criminal”. Sentencia que alentará los altos reproches de su conciencia, al ser incorporada como guía de su desarrollo moral y traducida en sus síntomas con la siguiente fórmula: "seré un gran hombre y a la vez un gran criminal".
Estos elementos consignados en el historial y que reflejan la hostilidad inconsciente hacia la figura paterna, sólo fueron reconocidos por el paciente luego del doloroso trasegar por los caminos de la transferencia, como lo evidenciaban las injurias expresadas hacia el analista directamente o en sueños y en fantasías diurnas.
Como se mencionó al inicio, debemos resaltar la identificación con el padre como elemento determinante para la comprensión de aquellas intensas reacciones desencadenadas por dos situaciones particulares relacionadas con un capitán con el que el paciente había mantenido relación en el ejército. La primera de estas situaciones se desprende de un relato que éste le hace de una práctica de tortura oriental en donde a los ajusticiados les introducían ratas por el ano, mientras que la segunda situación se refería a la deuda que debía cancelar a un teniente que, según el relato del capitán, había pagado el dinero del envío de unos lentes para el paciente. Es allí donde se articula esta identificación al padre con lo que Freud denomina un punto hiperestésico del inconsciente del paciente. Para explicar esta situación trae a cuento el hecho de que el padre del paciente en los años que prestó servicio militar se vio envuelto en una situación que ponía en entredicho su honorabilidad: el padre había perdido en un juego de cartas (Spielratte), una suma de dinero que se le había confiado y que no era de su propiedad. De este "impasse" lo había salvado un amigo suyo que le prestó dinero suficiente para saldar la deuda adquirida. Entonces, en los oídos del hijo resonaban las palabras del capitán sobre su obligación de pagar la deuda adquirida con un teniente del ejército, como si se tratara también de un asunto a realizar para restituir no sólo su honor sino también, y por sobre todo, el de su padre. De esta manera entre los dos acontecimientos se teje un desplazamiento por la homofonía de la palabra alemana para juego de cartas (spielratte) y la palabra rata (ratte) propia de la tortura relatada por el capitán, como en el inicio lo comentábamos.
Las ratas adquirieron así el sentido del dinero. Más adelante las ratas significaran los deseos sexuales reprimidos por el paciente que requieren singulares castigos.
Sobre la base de este breve recorrido por uno de los casos más importantes consignados en la obra de Freud, nos atrevemos a decir que la mirada como presencia, es decir, no como función ocular sino como aquello que hace que haya luz en la oscuridad, para utilizar la expresión del niño citada en el epígrafe, y la identificación como “la manifestación más temprana de un enlace afectivo a otra persona” (Freud, 1921), son elementos tan próximos el uno del otro en este paciente que podríamos concluir que de alguna manera lo incorporado, lo identificado, es la mirada del padre que se constituye como ese ideal que soporta la función de percepción endopsíquica de los deseos que habitan en el sujeto.
En este caso, la transferencia entendida como la imposición sobre el médico de mociones de afecto cariñosas y hostiles que no se fundan en el vínculo real con él, es dirigida por Freud de tal manera que permite disolver el delirio de las ratas en el paciente. Con este fin Freud le aclara constantemente su lugar, no el lugar en donde quería ponerlo como capitán cruel o como padre golpeador, sino como su médico, como su analista, que no tenía tendencia alguna a la crueldad ni el cometido de atormentarlo.
Para finalizar debemos decir, parafraseando algunas ideas de Freud, que el juego de las ratas, significante alrededor del cual giraban dinero, niños, matrimonio entre otros, estaba fundado en la identificación al padre y era formador de ese nódulo hiperestésico inconsciente en el paciente, y sólo pudo solucionarse y trasportarse a otros productos psíquicos por las elevadas temperaturas de la vivencia y tratamiento hecho de la transferencia.

Imágen: Autoretrato El hombre de las ratas

Bibliografía:

Freud, S. (1909). Analisis de un caso de neurosis obsesiva (Caso el Hombre de las Ratas). Madrid: Bibioteca Nueva.
Freud, S. (1923). EL Yo y EL Ello. Madrid: Biblioteca Nueva.
Freud, S. (1921). Psicología de las masas y analisis del yo. Madrid: Biblioteca Nueva.
Freud, S. (1893). Sobre el mecanismo psiquico de los fenómenos histéricos. Madrid : Biblioteca Nueva.
Freud, S. (1905). Tres ensayos para una teoría sexual. Madrid: Biblioteca Nueva.

Microliteraltura 1

Comenzamos una colección de relatos brevísimos y de gigantesca imaginación; ciertamente microrelatos, asesinos de la trama, por eso, con desenlaces -si los hay- vertiginosos e incalculables; en todo caso no aseguramos un final, y mucho menos, convencional; si sucede, júzguese el carácter descuidado, vanidoso y manirroto del autor, y no al relato, pues éste como el hombre, nunca quiso para sí un final, y por si acaso… que no fuera frívolo.

Por: Fredy Ricardo Moreno

1. Ignorancia

El viejo prestidigitador, ante la desnudez excitante de la mujer, apeló a todos sus antiguos poderes celestiales. Después de cumplir un agotador sortilegio, logró el milagro de la erección. Pero ella, una neófita en las artes mágicas, comentó tontamente: "es muy pequeño..."

Eduardo Liendo


2. La máscara del mal

Colgada en mi pared tengo una talla japonesa,
máscara de un demonio maligno, pintada de oro.
Compasivamente miro
las abultadas venas de la frente, que revelan
el esfuerzo que cuesta ser malo

Bertolt Brecht

3. (Sin título)

"Dios creó el infinito. Y se olvidó de terminarlo"
Roberto Fontanarrosa


4. La bella durmiente del bosque y el príncipe.

La Bella Durmiente cierra los ojos pero no duerme. Está esperando al príncipe. Y cuando lo oye acercarse, simula un sueño todavía más profundo. Nadie se lo ha dicho, pero ella lo sabe. Sabe que ningún príncipe pasa junto a una mujer que tenga los ojos bien abiertos.

Marco Denevi


5. Cuento de horror

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.

Juan José Arreola


6. Temor de cólera

En una de sus guerras, Alí derribó a un hombre y se arrodilló sobre su pecho para decapitarlo. El hombre le escupió en la cara. Alí se incorporó y lo dejó. Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, respondió:
-Me escupió en la cara y temí matarlo estando yo enojado. Sólo quiero matar a mis enemigos estando puro ante Dios.

Ah’med el Qalyubi


7. La brevedad

Me convenzo ahora de que la brevedad es una entelequia cuando leo una línea y me parece más larga que mi propia vida, y cuando después leo una novela y me parece más breve que la muerte.

Gabriel Giménez Emán


8. La trama

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por lo impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

Jorge Luis Borges


9. El paraíso imperfecto

-Es cierto -dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

Augusto Monterroso


10. Misterios del tiempo

Cuando el viajero miró hacia atrás y vio que el camino estaba intacto, se dio cuenta de que sus huellas no lo seguían, sino que lo precedían.

Alejandro Jodorowski


11. Llamada.

El último hombre sobre la Tierra está sentado a solas en una habitación. Llaman a la puerta...

Fredric Brown


12. Algún día

Algún día los hombres descubrirán que el sueño vino después. Dios no duerme, ni Adán dormía. Los infusorios no duermen, ni el diplodoco podía. El elefante duerme dos horas y el perro todas las que puede. No digo más. El hombre duerme para olvidar sus pecados; cada día más, a medida que ha conquistado la noche. No digo más. Los muertos no duermen. Yo, tampoco. Al que duerme, matarlo.

Max Aub


13. Sadismo y masoquismo

Escena en el infierno. Sacher-Masoch se acerca al marqués de Sade y, masoquistamente, le ruega:
-¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!
El marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y, con la boca
y la mirada crueles, sádicamente le dice:
-No.

Enrique Anderson Imbert


14. Retrato

Conozco a una muchacha generosa y valiente, siempre resuelta a sacrificarse, a perderlo todo, aun la vida, y luego a recapacitar, a recuperar parte de lo que dio con amplitud, a exaltar su ejemplo, a reprochar la flaqueza del prójimo, a cobrar hasta el último centavo.

Adolfo Bioy Casares


15. El gesto de la muerte

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.

Jean Coctau

érase una vez...un enigma

Reseñado por: Diana Carmona

Michael Ende, escritor alemán, es especialmente conocido por sus obras “infantiles” Momo y La historia interminable, pero en su haber literario se pueden sumar también piezas teatrales, novelas y cuentos. Aquí traemos una pequeña narrativa, perteneciente al libro El espejo en el espejo, el cual se conforma por una variedad de cuentos fantásticos sin título, publicado por la editorial Alfaguara.

Este señor se compone sólo de letras. De muchísimas letras, se entiende, de un número astronómico de letras, pero al fin y al cabo sólo de letras.
Aquí está su amiga. Es, como se ve, de carne y hueso. ¡Y de qué carne! Da gusto verla, ¡y no digamos tocarla!
Los dos van ahora juntos a la feria. En la góndola y la noria todo va bien todavía. Pero luego llegan a una caseta de tiro al blanco; un tiro al blanco un poco extraño, ésa es la verdad.
¡Pruébate a ti mismo!, puede leerse en grandes letras en la parte de arriba. Y más abajo figuran las reglas. Sólo son tres:

1. Cada tiro es un blanco garantizado.
2. Por cada blanco, un tiro gratis.
3. El primer tiro es gratuito.


El señor que rodea con el brazo la cintura de su amiga estudia atentamente el letrero. Quiere seguir su camino rápidamente, pero ella insiste en que haga uso de la ventajosa oferta. Quiere ver de lo que es capaz.
Pero el señor no quiere.
-¿Pero por qué no, cariño? ¿Qué tiene de malo?
Tiene de malo que hay que disparar sobre un blanco bastante insólito, sobre uno mismo, es decir, sobre la propia imagen reflejada en un espejo de metal. Y el señor de letras no se siente en absoluto lo bastante real para distinguir de una manera tan arriesgada entre sí y su imagen reflejada.
- ! O disparas,dice la amiga, por fin, furiosa, o te dejo!
El sacude la cabeza. Entonces ella se va con otro, un carnicero que entiende de carnes y huesos.
El señor se queda solo y la sigue con la mirada. Cuando desaparece de su vista en el gentío, él se deshace lentamente en un pequeño montón de diminutas minúsculas y mayúsculas que la multitud pisotea al pasar.
La verdad es que para eso podría haber disparado, ¿verdad?

POLIS, DE LA PI A LA SIGMA .

Por Nikólaos Chalavazis A.

Me encuentro aquí, de nuevo, como cada pesado día en esta amplísima academia; mi trabajo, el mismo de todos los días de mi vida, ¡no preguntéis, oh daímones inmortales que siempre me acompañáis! ¿Cuál mi labor? no lo sé, si la supiera, si la resolviera, porque de eso se trata, de un enigma, podría libertarme a mí, a mis ancestros y a los descendientes de mi sangre y de mi mente.

Hace mucho tiempo que estoy atrapado en esta sacra arte, acompañado por los daímones protectores de mi profesión.

No quiero que entendáis ahora que os hablo… mejor dicho, ahora que os escribo, ahora que contempláis la sangre que manó del interior de mi cáñamo, ha eones quizás extinto, que cuando digo que estoy atrapado profiero una queja. ¡Ojalá pudieseis escuchar el sonido de mi risa cada vez que pienso en que en vuestras mientes podéis comprender tamaña idea! eso no lo guarda el papiro, por eso aunque ahora me revivís, que me hacéis hablar de nuevo a través de vuestros ojos, ¡oh inmortales mortales!, no me hacéis hablar del todo; a mi risa no la aguardó el papiro, al sonido no lo entiende la tinta negra.

Por eso, sacro lector, para mí “eidos divino”, “Theion eidos”, debéis reír, ¡en serio os lo digo!, para que la totalidad de mi ser reviva.

Y es que, ¡oh todos eternos!, ¡oh, ojos de la humanidad y la divinidad! ningún papiro, ninguna obra humana, especialmente la mía, aguarda a la esencia y a la substancia del creador.

Encierran las letras una “ousía”, un “noema” (sentido), y aún así, se esfuman porque cuando alguien las lea, las articule, no verá, por mucho que se esfuerce, más que una deformación, un simple suspiro de lo que en realidad fue al escribir.

Pero eso no lo es todo, porque yo mismo, yo el escriptor, cuando todavía vivo y releo lo consignado veo lo que los daímones escondían tras las letras, leo los silenciosos sonidos blancos entre los espacios de las letras.

¿Qué se consigna en la sacra escriptura? todavía no lo respondo. Cuando otro la lee, cuando otros ojos, ojos que son el logos por el cual yo existo, se disponen a entender lo que yo hice en vida, ya no comprenden lo que yo dispuse en el cuero, que para ese entonces estará deteriorado por el soplar de Cronos.

Cuando yo escribo “polis” hablo de una polis, no de la antigua Atenas, sino de Alexandreía. Cuando alguien lea algún día la lexis ya no será la misma Alexandreía que se deslizaba en gotas de tintas sobre la piel del cordero, no serán los mismos aires, ni los mismos deseos de los inmortales dioses.

Ni siquiera será la misma polis al pensarla yo, al mover mi mano, y mucho menos cuando escriba la letra pi; cuando haya alcanzado a la letra sigma, Alexandreía ya será otra muy disímil.

Tanto así que la polis fundada por el augusto Aléxandros bicorne, en la que yo laboro, lóbrego, solo, sacralizado por mis compañeros, no fue la misma concepción para Ptolomeo, quien le dio otra inmortalidad muy diferente.

De la pi a la sigma pasa toda la existencia humana, toda la existencia de los dioses.

Se dice que el escriptor se inmortaliza porque consigna su ser para que otros lo canten. Homero sigue vivo entre nosotros, por eso con él aprendemos a leer y a escribir, a cantar y a pensar a la virtud… a pensar en el nombre y la buena fama que se dirá de nosotros al morir.

El escriptor se inmortaliza porque muere; pero, ¿qué es lo que consigna, si, como queda dicho, de la pi a la sigma su esencia se desdibuja como el fumo de las libaciones que ascienden, arremolinándose, al cielo anchísimo? ¿tan solo y tan rápido de la pi a la sigma? ¿si no conoce a los ojos que lo revivirán? y es que pregunto, ¿debe conocerlos? primero hay que concocerse a sí mismo, cuidar de sí, para ver qué se puede consignar.

Aún así, es insuficiente.

Se consigna la pérdida, el desdibujamiento, las voces blancas y silenciosas de los daímones que se manifiestan justo en los silentes espacios de las letras.

El Homero que cantamos hoy, que recitamos hoy no es Homero, pero es el único suspiro suyo que poseemos ¡Gracias doy a los dioses por darme el don de poseer la lengua griega y de pisar las arenas del país de Homero! no es la arena tangible, mis pies calzan sandalias y pisan tierra egipcia, pero caminan en los himnos del poeta; himnos tan suyos como míos. Tanto así que me parece escuchar, a través de su voz, los gritos de los dánaos, la trepidación de los maderos aqueos, los bucles de la bella Helena, sentir los ladrillos chamuscados y golpeados de la ciudad de Troya y la agitación de los dioses en batalla; todo y más. El silencio de la distancia del tiempo que nos separa, pi y sigma, la afonía de Homero, el canto tácito de los dioses inmortales y caprichosos.

Escucho, mientras escribo solo, mientras el cáñamo raspa el cuero, a la grandeza de la Hélade, de mis ancestros y el agradecimiento de mi progenie. Escucho la magnificencia futura del cosmos micrós y megas, de los pastores que habitarán Creta, por ejemplo, y que defenderán su tierra reseca, olivos que hoy degusto, pastores que unirán la sigma con la pi, dirán “polis” y se reunirán conmigo al leerme; o con algo de mí, con mi pérdida.

Y es que estoy solo, escribo solo.

Pese a que trabajo en la gran biblioteca de la polis, no me he comunicado en años con los transcriptores.

Cuando menciono a la amplísima academia no os desubiquéis, quienesquiera que seáis, ¡oh sacros amigos!, porque no me encuentro en la marmórea sala central, llena de agálmata , de sabios y de extranjeros. ¡no! encuéntrome en un tálamo pequeño, en donde escasamente llega la luz a través de un orificio llamado “Ophthalmós Diós”, que se encuentra en el techo.

Estoy aislado porque ya no le hablo al presente. Se me encerró aquí porque provengo de un linaje descendiente del presuroso Hermes, porque debo escribir y hablar con el mutismo de mis ancestros y con el silencio de los daímones protectores.

¿Cuál es mi trabajo? ¿mi función? ya os lo dije, no lo sé.

Soy griego, es lo único que puedo deciros. Con eso os digo todo. No es cualquier cosa.

Mi familia, mis ancestros por definición, todos descendemos del críptico y místico Hermes, por eso el color de mis sandalias es dorado y hay unas insignias del numen en sus cordones prendidas.

Desde tiempos anteriores a los hombres actuales, los varones mayores de mi progenie han escripto. Soy uno de ellos. Mi hijo mayor también debe hacerlo; hablo en ese tono porque no lo veo desde que fue iniciado en las sacras labores de las artes de las letras.

He estado en este cuarto desde hace años porque ya no le hablo al presente; he estado encerrado aquí con los interminables pergaminos y escriptos de los varones, hijos mayores, de mi familia, aquellos que antecedieron.

He conversado con mis ancestros durante décadas, no importa cuántas, tampoco lo sé, sólo tengo la certeza de que cuando entré en este cuarto mi cuerpo era joven, ahora no lo es.

Mi vista se ha posado cientos de veces sobre las ideas de mis anteriores herméticos, me han dicho cosas, hablo con esas letras, con esas palabras, con esos dialectos que se van haciendo cada vez más antiguos. Han cambiado mucho los modos de escribir, de pensar, de nombrar, de hablar y de interpretar.

Yo soy un eslabón más entre la pi y la sigma, nada más.

La comida me llega con el único hombre que he podido ver en años, con Álalos, así le digo porque no conozco su voz; antes de él era otro, otro Álalos, pero debió de haber muerto porque Álalos, este Álalos, lleva ya bastante trayéndome de comer y surtiéndome con cueros y tinta.

A veces creo que es el mismísimo Prometeo en forma de sacerdote mudo quien viene a visitarme. Por eso le rindo veneración y le beso la mano, mano que he visto robustecerse y llenarse de manchas en la piel broncínea; he visto cómo se le han aclarado los cabellos de la barba y cómo los párpados se inclinan en sus ojos.

Álalos y yo a veces salimos a un jardín sagrado, en un costado de la biblioteca, construido sólo para mí. Siempre está verde y bello, a excepción del verano cuando los vientos del sur queman todo lo vivo. No sé quién cuida del vergel ni tampoco si alguien puede vernos a Álalos y a mí. Sé que salimos cuando no hay nadie. A la hora que sea que salgamos no hay gente, los han expulsado.

Yo le hablo a Álalos y nunca he escuchado su voz, Nuestros himatia hondean con el viento y nuestras sandalias hacen más estrépito que mi voz.

Nunca he deseado que Álalos hable, cuando lo haga, eso se me envió en un sueño, sé que moriré porque oiré la voz de la inmortalidad.

Pero Álalos, su cuerpo, decae, así como el mío mucho antes que el de él; a veces, cuando le hablo, veo su cansancio, no lo demuestra pero yo lo percibo, así como cuando lo he visto menos robusto y de andar más quedo. Álalos también se enferma. No sé quién cuida de él pero es él quien cuida de mí cuando yo me debilito.

Pero cuando le hablo a Álalos es como cuando hablo a vosotros a través de la manuscriptura, ¡oh lectores! no sé quién es más que lo que supongo que es. Álalos es una metáfora del cosmos todo.

¿Cuál mi labor? no lo sé, ya lo he dicho, por eso repito la pregunta continuamente.

Dice el relato que a Polyperchon se le apareció Hermes, su padre, porque su madre era mortal, y habló con él largamente. Le encomendó que escribiese hasta encontrar la verdad.

He buscado todos estos años entre los pergaminos alguna referencia al tan ansiado diálogo pero no encuentro más que las mismas ansias en mis ancestros.

Lo único que sé es que sólo escribiendo alguno de mi familia encontrará la verdad y, entonces, sólo entonces, terminará la labor de mi linaje: el hombre se volverá Dios o peor, si es como se me ha ocurrido pensar, los dioses se volverán hombres.

Lo interesante del asunto es que los escriptos de mi casta, al igual que todos los miembros, incluyéndome, han estado vedados a los demás; nadie nos lee, nadie puede hablarnos. Nos han sacralizado hasta encontrar la verdad. La apoteosis conlleva a la exclusión de la alteridad.

Soy, como todos mis antecesores, un gramático, un gramático griego. No es cualquier cosa, ya lo he dicho. Soy un gramático que no puede enseñar a escribir ni a hablar y que no puede ser leído, que debe, sin embargo, dedicarse a escribir para encontrar una verdad. ¡Estoy destinado a unos ojos!

La gramática es un arte sacra, es el máximo ideal de mi cultura porque depende del sonido, de su articulación, del otro, de un habla, de una escucha. La arte gramática es el invisible lazo que mantiene unidos a los helenos como pueblo, es la base de la sociedad y de la educación. la gramática es el sonido de la Hélade.

¿Pero por qué estoy condenado sólo a la escriptura? ¿al silencio?

Ya dije que reía de sólo pensar que vosotros, oh doctos descifradores, pensabais que yo me quejo. ¡no! ¡sois mi única esperanza!

Pero no podéis oír mi risa, sólo si reís por mí recuperaréis mi esencia. Entre mi risa, el silencio que la sigue y la vuestra está la verdad. Reíd mientras leéis, ya que os he pensado, y, al hacerlo, me causasteis el reír.

En los pergaminos de mis anteriores he leído y releído de todo lo que al hombre le está dado comprender: tratados de retórica, problemas hieráticos de matemáticas, geometría y astronomía, filosofía, poesía y política.

Todo ello, todas las pláticas con mis ancestros, me hablan de lo mismo: de todo y de nada, de la esencia humana y lo que ella tiene de divina, pero todo ello en griego, que no es cualquier cosa.

Todo me habla del silencio en griego que subyace a todas las preguntas de mis varones precursores y hoy, conmigo circunstantes; habla, también, de vuestros ojos anhelantes, de la conexión, ahora silenciosa, entre la pi, las demás letras, y la sigma, que conformarán el vocablo “polis”, que, al pronunciado, otra vez se borrará.

En las letras yacen las palabras todas, las ideas todas, desmembradas. Por eso la educación humana, la gramática, es hierática; mi pueblo ha entendido eso.

Los jóvenes se la pasan toda su vida aprendiendo las experiencias de los maestros; éstos, a su vez, alguna vez hicieron lo mismo y construyeron sus propias meditaciones, sus propias respuestas. Cada ser humano es único en tanto recibe particularmente una vida, unos maestros, unas formas de existir; por eso, cada ser humano es autónomo, emperador de su propio ser, carga con su propio Himation.

La arte gramática enseña leyes, las leyes que regulan la libertad del hablante, mejor, del viviente, del analizante de la vida. Se dan las leyes para que cada cual componga sus frases propias. Por eso la gramática es el arte humana más libre; brinda a cada aprendiz unas letras, las mismas a todos, contenedoras en potencia de todas las voces y sentidos; permite a cada ente ser un filósofo magno, articular, hablar a través de las leyes de la libertad, su filosofía.

Ya está dicho, la anarquía como concepción de libertad no es más que una diáfana carencia de formación. La mayoría de edad no es ausencia de la ley, de la postura, sino una aceptación de la ley propia. Llevar al Himation es difícil, nadie ha dicho lo contrario.

Y es que, si se piensa, la gramática es una metáfora de la vida entera. Todos los sonidos, sentidos, vienen dados en unas letras y en unas leyes. El hombre aprende durante toda su vida las palabras y las frases de los otros y, la construcción suya final, es también una frase.

El “no juzgues a nadie antes de conocer su final”, de Solón.

El ser vive como recolector de palabras, de frases, que condensa en una gran resistencia; no obstante, si lográsemos disolver a todas las sentencias de toda la humanidad, todas darían lo mismo: veinticuatro letras iguales; la misma humanidad. ¡se vive con leyes y veinticuatro grafemas!

¡Y cómo, según se articulen, cambian las civilizaciones y la visión del cosmos!

¡Qué tan diferente pensamos a los naturalistas jónicos y ahora, planteamos el mundo como nos lo legaron dos grandes atenienses!; no obstante, en el fondo, seguimos siendo lo mismo, hablamos en griego.

Pero la gramática es más que letras. Incluye al otro, a otro a quien exponerle las leyes; la retórica, la política, la poética, la música, dan cuenta de ello, de un auditor.

La arte gramática no son leyes estáticas y letras inválidas, es, por el contrario, movimiento, sonido, fluido, filosofía, filología. La gramática no es ni las leyes ni las palabras, es el silencio de las leyes, el sentido que surge de la articulación de las mismas. Por eso la gramática no es simple escriptura, es voz; no se puede quedar en el mutismo del pergamino, necesita del fluir entre varios. ¡esa es la democracia de la que habló Atenas! ¡ese es el helenismo que derramó Aléxandros!

Y yo, no obstante, estoy ahí, allí donde no puede quedarse la gramática, estoy en el aislamiento, en el silencio, en la escriptura, sin ojos instantáneos… espero, me imagino, que algún día esto llegue a esas mientes, falta todavía para la sigma. Apenas voy escribiendo la pi… y puede que ya vaya mucho más lejos que el resto de la humanidad.

¿Por qué es solemne mi labor? ¿cuál es mi liturgia? no lo sé.

¿Qué tengo que descubrir en este cuarto, entre estos pergaminos, con mis ancestros y los daímones? ¿conmigo aquí?

Por alguna razón Hermes nos hizo llegar a esto. ¿Es un castigo? ¿una recompensa? ¿hay una intención?

La gramática surge del sonido, de un sonido que se va al ser proferido. La gramática surge, entonces, del grito efímero y desgarrador que se dirige al otro antes de morir.

Hablamos porque morimos. Somos el sonido de la creación, nos desvanecemos apenas salimos de las falanges dentales de los dioses.

Los inmortales nos crearon por antojo, ellos no mueren, no son sonido, o son sonidos que no se desvanecen, por eso no se escuchan. Hemos sido hechos para cantarnos los relatos de quienes nos plasmaron porque debemos, como morimos, hacer trasnmisión y educación.

La cultura es la gramática, hay que recontarla cada vez, repetir las únicas leyes, porque en la repetición está el aprendizaje, la comparación y hasta la incomprensión de lo irracional. Así como he leído cientos de veces a estos vetustos pergaminos, los repito, para una vez, la primera, entender algo de ellos; la segunda una muy otra; lo mismo acontece con la tercera y con cuantas veces más haya relectura.

Pero es precisamente allí cuando, por lo menos yo, me doy cuenta de lo ininteligible e inaprensible que es la existencia. Es en esa reiteración en donde me he dado cuenta de que nunca he comprendido a los cueros; siempre es algo distinto, algo nuevo con las mismas coordenadas, igual en apariencia. Son los daímones quienes hablan, los silencios intergramáticos.

¿Por qué estoy aquí, pues?

Creo que tenía que estar en el silencio de la palabra para saber qué es la gramática, cuál la verdad.

Sólo cuando no se habla, allí está la verdad; de resto, es evaporación.

Hay que ir primero a la pi, luego a la ómicron, proseguir por la lambda y la iota para culminar con la esperada sigma y allí, entender que todo fue una aspiración y una exhalación de sonido.

El silencio es la inmortalidad de los dioses, justo lo que no se evapora ni se puede decir.