EL HOMBRE DISCONFORME
martes, 16 de septiembre de 2008 | Publicado por Almadía en 14:30 0 comentarios
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VISITA A FREUD
PAPINI Giovanni (1931) GOG, España, Plaza & Janés, traducción de Mario Verdaguer, 1982, pp:117-122
Viena, 8 mayo
Había comprado en Londres, hacía dos meses, un hermoso mármol griego de la época helenista, que representa, según los arqueólogos, a Narciso. Sabiendo que Freud cumplía anteayer sus setenta años -nació el 6 de mayo de 1856- le envié como regalo la estatua, con una carta de homenaje al «descubridor del Narcisismo».
Este regalo bien elegido me ha valido una invitación del patriarca del Psicoanálisis. Ahora vuelo de su casa y quiero, inmediatamente, apuntar lo esencial de la conversación.
Me ha parecido un poco abatido y melancólico. -Las fiestas de los aniversarios -me ha dicho- se parecen demasiado a las conmemoraciones y recuerdan demasiado a la muerte.
Me ha impresionado el corte de su boca: una boca carnosa y sensual, un poco de sátiro, que explica visiblemente la teoría de la «libido». Se ha mostrado contento, sin embargo, al verme y me ha dado las gracias, con calor, por el Narciso.
-Su visita constituye para mí un gran consuelo. Usted no es ni un enfermo, ni un colega, ni un discípulo, ni un pariente. Yo vivo todo el año entre histéricos y obsesos que me cuentan sus liviandades -casi siempre las mismas-; entre médicos que me envidian cuando no me desprecian, y con discípulos que se dividen en papagayos crónicos y en ambiciosos cismáticos. Con usted puedo, al fin, hablar libremente. He enseñado a los demás la virtud de la confesión y no he podido nunca abrir enteramente mi alma. He escrito una pequeña autobiografía, pero más que nada para fines de propaganda, y si alguna vez he confesado, ha sido, por fragmentos, en la Traumdeutung. Nadie conoce o ha adivinado el verdadero secreto de mi obra. ¿Tiene una idea del Psicoanálisis?
Contesté que había leído algunas traducciones inglesas de sus obras y que únicamente para verle había venido a Viena.
-Todos creen -añadió- que yo me atengo al carácter científico de mi obra y que mi objetivo principal es la curación de las enfermedades mentales. Es una enorme equivocación que dura desde hace demasiados años y que no he conseguido disipar. Yo soy un hombre de ciencia por necesidad, no por vocación. Mi verdadera naturaleza es de artista. Mi héroe secreto ha sido siempre, desde la niñez, Goethe. Hubiera querido entonces llegar a ser un poeta y durante toda la vida he deseado escribir novelas. Todas mis aptitudes, reconocidas incluso por los profesores del Instituto, me llevaban a la literatura. Pero si usted tiene en cuenta las condiciones en que se hallaba la literatura en Austria en el último cuarto del siglo pasado, comprenderá mi perplejidad. Mi familia era pobre, y la poesía, según testimoniaban los más célebres contemporáneos, rendía poco o demasiado tarde. Además era hebreo, lo que me ponía en condiciones de manifiesta inferioridad en una monarquía antisemita. El destierro y el mísero fin de Heine me desalentaban. Elegí, siempre bajo la influencia de Goethe, las ciencias de la Naturaleza. Pero mi temperamento continuaba siendo romántico: en 1884, para poder ver algunos días antes a mi novia, alejada de Viena, emborroné un trabajo sobre la coca y me dejé arrebatar por otros la gloria y las ganancias del descubrimiento de la cocaína como anestésico.
»En 1885 y 1886 viví en París; en 1889 permanecí algún tiempo en Nancy. Estas permanencias en Francia ejercieron una decisiva influencia sobre mi espíritu. No sólo por lo que aprendí de Charcot y de Bernheim, sino también porque la vida literaria francesa era, en aquellos años, riquísima y ardiente. En París, como buen romántico, pasaba horas enteras en las torres de Notre Dame, pero por las noches frecuentaba los cafés del barrio latino y leía los libros más en boga en aquellos años. La baotalla literaria se hallaba en pleno desarrollo. El Simbolismo levantaba su bandera contra el Naturalismo. El predominio de Flaubert y de Zola se iba sustituyendo, entre los jóvenes, por el de Mallarmé y de Verlaine. Al poco de haber llegado yo a París apareció A rebours, de Huysmans, discípulo de Zola, que se pasaba al decadentismo. Y me halIaba en Francia cuando se publicó Jadís et naguere, de Verlaine, y fueron recogidas las poesías de Mallarmé y las Illumínatíons, de Rimbaud. No le doy estas noticias para alardear de mi cultura, sino porque estas tres escuelas literarias -el Romanticismo, hacía poco tiempo muerto, el Naturalismo, amenazado, y el Simbolismo naciente- fueron las inspiraciones de mi trabajo ulterior.
»Literato por instinto y médico a la fuerza, concebí la idea de transformar una rama de la medicina –la psiquiatría- en literatura. Fui y soy poeta y novelista bajo la figura de hombre de ciencia. El Psicoanálisis no es otra cosa que la transformación de una vocación literaria en términos de psicología y de patología.
»El primer impulso para el descubrimiento de mi método nace, como era natural, de mi amado Goethe. Usted sabe que escribió Werther para librarse del íncubo morboso de un dolor: la literatura era, para él, «catarsis». ¿Y en qué consiste mi método para la curación del histerismo sino en hacérselo contar «todo» al paciente para librarle de la obsesión? No hice nada más que obligar a mis enfermos a proceder como Goethe. La confesión es liberación, esto es, curación. Lo sabían desde hace siglos los católicos, pero Víctor Hugo me había enseñado que el poeta es también sacerdote, y así sustituí osadamente al confesor. El primer paso estaba dado.
»Me di cuenta bien pronto de que las confesiones de mis enfermos constituían un precioso repertorio de «documentos humanos». Yo hacía, por tanto, un trabajo idéntico al de Zola. El sacaba, de aquellos documentos, novelas; yo me veía obligado a guardarlos para mí. La poesía decadente llamó entonces mi atención sobre la semejanza entre el sueño y la obra de arte y sobre la importancia del lenguaje simbólico. El Psicoanálisis había nacido, no, como dicen, de las sugestiones de Breuer o de los atisbos de Schopenhauer y de Nietzsche, sino de la transposición científica de las Escuelas literarias amadas por mí.
»Me explicaré más claramente. El Romanticismo, que, recogiendo las tradiciones de la poesía medieval, había proclamado la primacía de la pasión y reducido toda pasión al amor, me sugirió el concepto del sensualismo como centro de la vida humana. Bajo la influencia de los novelistas naturalistas, yo di del amor una interpretación menos sentimental y mística, pero el principio era aquél.
»El Naturalismo, y sobre todo Zola, me acostumbró a ver los lados más repugnantes, pero más comunes y generales, de la vida humana; la sensualidad y la avidez bajo la hipocresía de las bellas maneras: en suma, la bestia en el hombre. Y mis descubrimientos de los vergonzosos secretos que oculta el subconsciente no son más que una nueva prueba del despreocupado acto de acusación de Zola.
»El Simbolismo, finalmente, me enseñó dos cosas: el valor de los sueños, asimilados a la obra poética, y el lugar que ocupan el símbolo y la alusión en el arte, esto es, en el sueño manifestado. Entonces fue cuando emprendí mi gran libro sobre la interpretación de los sueños como reveladores del subconsciente, de ese mismo subconsciente que es la fuente de la inspiración. Aprendí de los simbolistas, que todo poeta debe crear su lenguaje, y yo he creado, de hecho, el vocabulario de los sueños, el idioma onírico.
»Para completar el cuadro de mis fuentes literarias, añadiré que los estudios clásicos, realizados por mí como el primero de la clase -me sugirieron los mitos de Edipo y de Narciso; me enseñaron, con Platón, que el estro, es decir, el surgir del inconsciente, es el fundamento de la vida espiritual, y finalmente, con Artemidoro, que toda la fantasía nocturna tiene su recóndito significado.
»Que mi cultura es esencialmente literaria lo demuestran abundantemente mis continuas citas de Goethe, de Grillparzer, de Heine, y de otros poetas: la forma de mi espíritu se halla inclinada al ensayo, a la paradoja, al dramatismo, y no tiene nada de la rigidez pedante y técnica del verdadero hombre de ciencia. Hay una prueba irrefutable: en todos los países en donde ha penetrado el Psicoanálisis ha sido mejor entendido y aplicado por los escritores y por los artistas que por los médicos. Mis libros, por otra parte, se semejan mucho más a las obras de imaginación que a los tratados de patología. Mis estudios sobre la vida cotidiana y sobre los movimientos del espíritu son verdadera y genuina literatura, y en Tótem y Tabú me he ejercitado incluso en la novela histórica. Mi más antiguo y tenaz deseo sería escribir verdaderas novelas; poseo un tesoro de materiales de primera mano que harían la fortuna de cien novelistas. Pero temo que ahora sea demasiado tarde.
»De todos modos he sabido vencer, soslayadamente, mi destino, y he logrado mi sueño: continuar siendo un literato aun haciendo, en apariencia, de médico. En todos los grandes hombres de ciencia existe el soplo de la fantasía, madre de las intuiciones geniales, pero ninguno se ha propuesto, como yo, traducir en teorías científicas las inspiraciones ofrecidas por las corrientes de la literatura moderna. En el Psicoanálisis se encuentran y se compendian, expresadas en la jerga científica, las tres mayores Escuelas literarias del siglo XIX: Heine, Zola y MalIarmé se unen en mí, bajo el patronato de mi viejo Goethe. Nadie se ha dado cuenta de este misterio que está a la vista y no lo hubiera revelado a nadie si usted no hubiese tenido la óptima idea de regalarme una estatua de Narciso.
Al llegar a este punto, la conversación se desvió; hablamos de América, de Keyserling y finalmente, de los vestidos de las vienesas. Pero lo único que vale la pena de ser consignado en el papel es lo que ya he escrito. En el momento de despedirme de Freud, éste me recomendó el silencio acerca de su confesión:
-Usted no es escritor ni periodista, por fortuna, y estoy seguro de que no difundirá mi secreto.
Le tranquilicé, y con sinceridad: estos apuntes no están destinados a ser impresos.
domingo, 14 de septiembre de 2008 | Publicado por Almadía en 16:46 0 comentarios
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érase una vez...un enigma
Reseñado por: Diana Carmona
Michael Ende, escritor alemán, es especialmente conocido por sus obras “infantiles” Momo y La historia interminable, pero en su haber literario se pueden sumar también piezas teatrales, novelas y cuentos. Aquí traemos una pequeña narrativa, perteneciente al libro El espejo en el espejo, el cual se conforma por una variedad de cuentos fantásticos sin título, publicado por la editorial Alfaguara.
Este señor se compone sólo de letras. De muchísimas letras, se entiende, de un número astronómico de letras, pero al fin y al cabo sólo de letras.
Aquí está su amiga. Es, como se ve, de carne y hueso. ¡Y de qué carne! Da gusto verla, ¡y no digamos tocarla!
Los dos van ahora juntos a la feria. En la góndola y la noria todo va bien todavía. Pero luego llegan a una caseta de tiro al blanco; un tiro al blanco un poco extraño, ésa es la verdad.
¡Pruébate a ti mismo!, puede leerse en grandes letras en la parte de arriba. Y más abajo figuran las reglas. Sólo son tres:
1. Cada tiro es un blanco garantizado.
2. Por cada blanco, un tiro gratis.
3. El primer tiro es gratuito.
El señor que rodea con el brazo la cintura de su amiga estudia atentamente el letrero. Quiere seguir su camino rápidamente, pero ella insiste en que haga uso de la ventajosa oferta. Quiere ver de lo que es capaz.
Pero el señor no quiere.
-¿Pero por qué no, cariño? ¿Qué tiene de malo?
Tiene de malo que hay que disparar sobre un blanco bastante insólito, sobre uno mismo, es decir, sobre la propia imagen reflejada en un espejo de metal. Y el señor de letras no se siente en absoluto lo bastante real para distinguir de una manera tan arriesgada entre sí y su imagen reflejada.
- ! O disparas,dice la amiga, por fin, furiosa, o te dejo!
El sacude la cabeza. Entonces ella se va con otro, un carnicero que entiende de carnes y huesos.
El señor se queda solo y la sigue con la mirada. Cuando desaparece de su vista en el gentío, él se deshace lentamente en un pequeño montón de diminutas minúsculas y mayúsculas que la multitud pisotea al pasar.
La verdad es que para eso podría haber disparado, ¿verdad?
martes, 15 de abril de 2008 | Publicado por Almadía en 13:47 0 comentarios
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POLIS, DE LA PI A LA SIGMA .
Por Nikólaos Chalavazis A.
Me encuentro aquí, de nuevo, como cada pesado día en esta amplísima academia; mi trabajo, el mismo de todos los días de mi vida, ¡no preguntéis, oh daímones inmortales que siempre me acompañáis! ¿Cuál mi labor? no lo sé, si la supiera, si la resolviera, porque de eso se trata, de un enigma, podría libertarme a mí, a mis ancestros y a los descendientes de mi sangre y de mi mente.
Hace mucho tiempo que estoy atrapado en esta sacra arte, acompañado por los daímones protectores de mi profesión.
No quiero que entendáis ahora que os hablo… mejor dicho, ahora que os escribo, ahora que contempláis la sangre que manó del interior de mi cáñamo, ha eones quizás extinto, que cuando digo que estoy atrapado profiero una queja. ¡Ojalá pudieseis escuchar el sonido de mi risa cada vez que pienso en que en vuestras mientes podéis comprender tamaña idea! eso no lo guarda el papiro, por eso aunque ahora me revivís, que me hacéis hablar de nuevo a través de vuestros ojos, ¡oh inmortales mortales!, no me hacéis hablar del todo; a mi risa no la aguardó el papiro, al sonido no lo entiende la tinta negra.
Por eso, sacro lector, para mí “eidos divino”, “Theion eidos”, debéis reír, ¡en serio os lo digo!, para que la totalidad de mi ser reviva.
Y es que, ¡oh todos eternos!, ¡oh, ojos de la humanidad y la divinidad! ningún papiro, ninguna obra humana, especialmente la mía, aguarda a la esencia y a la substancia del creador.
Encierran las letras una “ousía”, un “noema” (sentido), y aún así, se esfuman porque cuando alguien las lea, las articule, no verá, por mucho que se esfuerce, más que una deformación, un simple suspiro de lo que en realidad fue al escribir.
Pero eso no lo es todo, porque yo mismo, yo el escriptor, cuando todavía vivo y releo lo consignado veo lo que los daímones escondían tras las letras, leo los silenciosos sonidos blancos entre los espacios de las letras.
¿Qué se consigna en la sacra escriptura? todavía no lo respondo. Cuando otro la lee, cuando otros ojos, ojos que son el logos por el cual yo existo, se disponen a entender lo que yo hice en vida, ya no comprenden lo que yo dispuse en el cuero, que para ese entonces estará deteriorado por el soplar de Cronos.
Cuando yo escribo “polis” hablo de una polis, no de la antigua Atenas, sino de Alexandreía. Cuando alguien lea algún día la lexis ya no será la misma Alexandreía que se deslizaba en gotas de tintas sobre la piel del cordero, no serán los mismos aires, ni los mismos deseos de los inmortales dioses.
Ni siquiera será la misma polis al pensarla yo, al mover mi mano, y mucho menos cuando escriba la letra pi; cuando haya alcanzado a la letra sigma, Alexandreía ya será otra muy disímil.
Tanto así que la polis fundada por el augusto Aléxandros bicorne, en la que yo laboro, lóbrego, solo, sacralizado por mis compañeros, no fue la misma concepción para Ptolomeo, quien le dio otra inmortalidad muy diferente.
De la pi a la sigma pasa toda la existencia humana, toda la existencia de los dioses.
Se dice que el escriptor se inmortaliza porque consigna su ser para que otros lo canten. Homero sigue vivo entre nosotros, por eso con él aprendemos a leer y a escribir, a cantar y a pensar a la virtud… a pensar en el nombre y la buena fama que se dirá de nosotros al morir.
El escriptor se inmortaliza porque muere; pero, ¿qué es lo que consigna, si, como queda dicho, de la pi a la sigma su esencia se desdibuja como el fumo de las libaciones que ascienden, arremolinándose, al cielo anchísimo? ¿tan solo y tan rápido de la pi a la sigma? ¿si no conoce a los ojos que lo revivirán? y es que pregunto, ¿debe conocerlos? primero hay que concocerse a sí mismo, cuidar de sí, para ver qué se puede consignar.
Aún así, es insuficiente.
Se consigna la pérdida, el desdibujamiento, las voces blancas y silenciosas de los daímones que se manifiestan justo en los silentes espacios de las letras.
El Homero que cantamos hoy, que recitamos hoy no es Homero, pero es el único suspiro suyo que poseemos ¡Gracias doy a los dioses por darme el don de poseer la lengua griega y de pisar las arenas del país de Homero! no es la arena tangible, mis pies calzan sandalias y pisan tierra egipcia, pero caminan en los himnos del poeta; himnos tan suyos como míos. Tanto así que me parece escuchar, a través de su voz, los gritos de los dánaos, la trepidación de los maderos aqueos, los bucles de la bella Helena, sentir los ladrillos chamuscados y golpeados de la ciudad de Troya y la agitación de los dioses en batalla; todo y más. El silencio de la distancia del tiempo que nos separa, pi y sigma, la afonía de Homero, el canto tácito de los dioses inmortales y caprichosos.
Escucho, mientras escribo solo, mientras el cáñamo raspa el cuero, a la grandeza de la Hélade, de mis ancestros y el agradecimiento de mi progenie. Escucho la magnificencia futura del cosmos micrós y megas, de los pastores que habitarán Creta, por ejemplo, y que defenderán su tierra reseca, olivos que hoy degusto, pastores que unirán la sigma con la pi, dirán “polis” y se reunirán conmigo al leerme; o con algo de mí, con mi pérdida.
Y es que estoy solo, escribo solo.
Pese a que trabajo en la gran biblioteca de la polis, no me he comunicado en años con los transcriptores.
Cuando menciono a la amplísima academia no os desubiquéis, quienesquiera que seáis, ¡oh sacros amigos!, porque no me encuentro en la marmórea sala central, llena de agálmata , de sabios y de extranjeros. ¡no! encuéntrome en un tálamo pequeño, en donde escasamente llega la luz a través de un orificio llamado “Ophthalmós Diós”, que se encuentra en el techo.
Estoy aislado porque ya no le hablo al presente. Se me encerró aquí porque provengo de un linaje descendiente del presuroso Hermes, porque debo escribir y hablar con el mutismo de mis ancestros y con el silencio de los daímones protectores.
¿Cuál es mi trabajo? ¿mi función? ya os lo dije, no lo sé.
Soy griego, es lo único que puedo deciros. Con eso os digo todo. No es cualquier cosa.
Mi familia, mis ancestros por definición, todos descendemos del críptico y místico Hermes, por eso el color de mis sandalias es dorado y hay unas insignias del numen en sus cordones prendidas.
Desde tiempos anteriores a los hombres actuales, los varones mayores de mi progenie han escripto. Soy uno de ellos. Mi hijo mayor también debe hacerlo; hablo en ese tono porque no lo veo desde que fue iniciado en las sacras labores de las artes de las letras.
He estado en este cuarto desde hace años porque ya no le hablo al presente; he estado encerrado aquí con los interminables pergaminos y escriptos de los varones, hijos mayores, de mi familia, aquellos que antecedieron.
He conversado con mis ancestros durante décadas, no importa cuántas, tampoco lo sé, sólo tengo la certeza de que cuando entré en este cuarto mi cuerpo era joven, ahora no lo es.
Mi vista se ha posado cientos de veces sobre las ideas de mis anteriores herméticos, me han dicho cosas, hablo con esas letras, con esas palabras, con esos dialectos que se van haciendo cada vez más antiguos. Han cambiado mucho los modos de escribir, de pensar, de nombrar, de hablar y de interpretar.
Yo soy un eslabón más entre la pi y la sigma, nada más.
La comida me llega con el único hombre que he podido ver en años, con Álalos, así le digo porque no conozco su voz; antes de él era otro, otro Álalos, pero debió de haber muerto porque Álalos, este Álalos, lleva ya bastante trayéndome de comer y surtiéndome con cueros y tinta.
A veces creo que es el mismísimo Prometeo en forma de sacerdote mudo quien viene a visitarme. Por eso le rindo veneración y le beso la mano, mano que he visto robustecerse y llenarse de manchas en la piel broncínea; he visto cómo se le han aclarado los cabellos de la barba y cómo los párpados se inclinan en sus ojos.
Álalos y yo a veces salimos a un jardín sagrado, en un costado de la biblioteca, construido sólo para mí. Siempre está verde y bello, a excepción del verano cuando los vientos del sur queman todo lo vivo. No sé quién cuida del vergel ni tampoco si alguien puede vernos a Álalos y a mí. Sé que salimos cuando no hay nadie. A la hora que sea que salgamos no hay gente, los han expulsado.
Yo le hablo a Álalos y nunca he escuchado su voz, Nuestros himatia hondean con el viento y nuestras sandalias hacen más estrépito que mi voz.
Nunca he deseado que Álalos hable, cuando lo haga, eso se me envió en un sueño, sé que moriré porque oiré la voz de la inmortalidad.
Pero Álalos, su cuerpo, decae, así como el mío mucho antes que el de él; a veces, cuando le hablo, veo su cansancio, no lo demuestra pero yo lo percibo, así como cuando lo he visto menos robusto y de andar más quedo. Álalos también se enferma. No sé quién cuida de él pero es él quien cuida de mí cuando yo me debilito.
Pero cuando le hablo a Álalos es como cuando hablo a vosotros a través de la manuscriptura, ¡oh lectores! no sé quién es más que lo que supongo que es. Álalos es una metáfora del cosmos todo.
¿Cuál mi labor? no lo sé, ya lo he dicho, por eso repito la pregunta continuamente.
Dice el relato que a Polyperchon se le apareció Hermes, su padre, porque su madre era mortal, y habló con él largamente. Le encomendó que escribiese hasta encontrar la verdad.
He buscado todos estos años entre los pergaminos alguna referencia al tan ansiado diálogo pero no encuentro más que las mismas ansias en mis ancestros.
Lo único que sé es que sólo escribiendo alguno de mi familia encontrará la verdad y, entonces, sólo entonces, terminará la labor de mi linaje: el hombre se volverá Dios o peor, si es como se me ha ocurrido pensar, los dioses se volverán hombres.
Lo interesante del asunto es que los escriptos de mi casta, al igual que todos los miembros, incluyéndome, han estado vedados a los demás; nadie nos lee, nadie puede hablarnos. Nos han sacralizado hasta encontrar la verdad. La apoteosis conlleva a la exclusión de la alteridad.
Soy, como todos mis antecesores, un gramático, un gramático griego. No es cualquier cosa, ya lo he dicho. Soy un gramático que no puede enseñar a escribir ni a hablar y que no puede ser leído, que debe, sin embargo, dedicarse a escribir para encontrar una verdad. ¡Estoy destinado a unos ojos!
La gramática es un arte sacra, es el máximo ideal de mi cultura porque depende del sonido, de su articulación, del otro, de un habla, de una escucha. La arte gramática es el invisible lazo que mantiene unidos a los helenos como pueblo, es la base de la sociedad y de la educación. la gramática es el sonido de la Hélade.
¿Pero por qué estoy condenado sólo a la escriptura? ¿al silencio?
Ya dije que reía de sólo pensar que vosotros, oh doctos descifradores, pensabais que yo me quejo. ¡no! ¡sois mi única esperanza!
Pero no podéis oír mi risa, sólo si reís por mí recuperaréis mi esencia. Entre mi risa, el silencio que la sigue y la vuestra está la verdad. Reíd mientras leéis, ya que os he pensado, y, al hacerlo, me causasteis el reír.
En los pergaminos de mis anteriores he leído y releído de todo lo que al hombre le está dado comprender: tratados de retórica, problemas hieráticos de matemáticas, geometría y astronomía, filosofía, poesía y política.
Todo ello, todas las pláticas con mis ancestros, me hablan de lo mismo: de todo y de nada, de la esencia humana y lo que ella tiene de divina, pero todo ello en griego, que no es cualquier cosa.
Todo me habla del silencio en griego que subyace a todas las preguntas de mis varones precursores y hoy, conmigo circunstantes; habla, también, de vuestros ojos anhelantes, de la conexión, ahora silenciosa, entre la pi, las demás letras, y la sigma, que conformarán el vocablo “polis”, que, al pronunciado, otra vez se borrará.
En las letras yacen las palabras todas, las ideas todas, desmembradas. Por eso la educación humana, la gramática, es hierática; mi pueblo ha entendido eso.
Los jóvenes se la pasan toda su vida aprendiendo las experiencias de los maestros; éstos, a su vez, alguna vez hicieron lo mismo y construyeron sus propias meditaciones, sus propias respuestas. Cada ser humano es único en tanto recibe particularmente una vida, unos maestros, unas formas de existir; por eso, cada ser humano es autónomo, emperador de su propio ser, carga con su propio Himation.
La arte gramática enseña leyes, las leyes que regulan la libertad del hablante, mejor, del viviente, del analizante de la vida. Se dan las leyes para que cada cual componga sus frases propias. Por eso la gramática es el arte humana más libre; brinda a cada aprendiz unas letras, las mismas a todos, contenedoras en potencia de todas las voces y sentidos; permite a cada ente ser un filósofo magno, articular, hablar a través de las leyes de la libertad, su filosofía.
Ya está dicho, la anarquía como concepción de libertad no es más que una diáfana carencia de formación. La mayoría de edad no es ausencia de la ley, de la postura, sino una aceptación de la ley propia. Llevar al Himation es difícil, nadie ha dicho lo contrario.
Y es que, si se piensa, la gramática es una metáfora de la vida entera. Todos los sonidos, sentidos, vienen dados en unas letras y en unas leyes. El hombre aprende durante toda su vida las palabras y las frases de los otros y, la construcción suya final, es también una frase.
El “no juzgues a nadie antes de conocer su final”, de Solón.
El ser vive como recolector de palabras, de frases, que condensa en una gran resistencia; no obstante, si lográsemos disolver a todas las sentencias de toda la humanidad, todas darían lo mismo: veinticuatro letras iguales; la misma humanidad. ¡se vive con leyes y veinticuatro grafemas!
¡Y cómo, según se articulen, cambian las civilizaciones y la visión del cosmos!
¡Qué tan diferente pensamos a los naturalistas jónicos y ahora, planteamos el mundo como nos lo legaron dos grandes atenienses!; no obstante, en el fondo, seguimos siendo lo mismo, hablamos en griego.
Pero la gramática es más que letras. Incluye al otro, a otro a quien exponerle las leyes; la retórica, la política, la poética, la música, dan cuenta de ello, de un auditor.
La arte gramática no son leyes estáticas y letras inválidas, es, por el contrario, movimiento, sonido, fluido, filosofía, filología. La gramática no es ni las leyes ni las palabras, es el silencio de las leyes, el sentido que surge de la articulación de las mismas. Por eso la gramática no es simple escriptura, es voz; no se puede quedar en el mutismo del pergamino, necesita del fluir entre varios. ¡esa es la democracia de la que habló Atenas! ¡ese es el helenismo que derramó Aléxandros!
Y yo, no obstante, estoy ahí, allí donde no puede quedarse la gramática, estoy en el aislamiento, en el silencio, en la escriptura, sin ojos instantáneos… espero, me imagino, que algún día esto llegue a esas mientes, falta todavía para la sigma. Apenas voy escribiendo la pi… y puede que ya vaya mucho más lejos que el resto de la humanidad.
¿Por qué es solemne mi labor? ¿cuál es mi liturgia? no lo sé.
¿Qué tengo que descubrir en este cuarto, entre estos pergaminos, con mis ancestros y los daímones? ¿conmigo aquí?
Por alguna razón Hermes nos hizo llegar a esto. ¿Es un castigo? ¿una recompensa? ¿hay una intención?
La gramática surge del sonido, de un sonido que se va al ser proferido. La gramática surge, entonces, del grito efímero y desgarrador que se dirige al otro antes de morir.
Hablamos porque morimos. Somos el sonido de la creación, nos desvanecemos apenas salimos de las falanges dentales de los dioses.
Los inmortales nos crearon por antojo, ellos no mueren, no son sonido, o son sonidos que no se desvanecen, por eso no se escuchan. Hemos sido hechos para cantarnos los relatos de quienes nos plasmaron porque debemos, como morimos, hacer trasnmisión y educación.
La cultura es la gramática, hay que recontarla cada vez, repetir las únicas leyes, porque en la repetición está el aprendizaje, la comparación y hasta la incomprensión de lo irracional. Así como he leído cientos de veces a estos vetustos pergaminos, los repito, para una vez, la primera, entender algo de ellos; la segunda una muy otra; lo mismo acontece con la tercera y con cuantas veces más haya relectura.
Pero es precisamente allí cuando, por lo menos yo, me doy cuenta de lo ininteligible e inaprensible que es la existencia. Es en esa reiteración en donde me he dado cuenta de que nunca he comprendido a los cueros; siempre es algo distinto, algo nuevo con las mismas coordenadas, igual en apariencia. Son los daímones quienes hablan, los silencios intergramáticos.
¿Por qué estoy aquí, pues?
Creo que tenía que estar en el silencio de la palabra para saber qué es la gramática, cuál la verdad.
Sólo cuando no se habla, allí está la verdad; de resto, es evaporación.
Hay que ir primero a la pi, luego a la ómicron, proseguir por la lambda y la iota para culminar con la esperada sigma y allí, entender que todo fue una aspiración y una exhalación de sonido.
El silencio es la inmortalidad de los dioses, justo lo que no se evapora ni se puede decir.
lunes, 14 de abril de 2008 | Publicado por Almadía en 10:17 0 comentarios
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Centenario del nacimiento de Remedios Varo
Nacida el 16 de diciembre de 1908 en Anglés, provincia de Gerona (España), Maria de los Remedios Varo y Uranga es una de las artistas surrealistas del pasado siglo que, lamentablemente, es poco conocida en nuestro medio. A sus 16 años y con la estimulación de su padre se convierte en una de las primeras mujeres estudiantes de arte en la Academia de San Fernando (Madrid) donde fue condiscípula de Dalí y de Gerardo Lizárraga, con quien se casó mas tarde. Ambos tomaron rumbo inicialmente a París y luego a Barcelona -capital del modernismo español en aquella época- donde trabajaron en la realización de dibujos publicitarios y se vincularon con artistas de la época como Oscar Domínguez, Esteban Francés, Marcel Jean, entre otros.
Imágen: La llamada
miércoles, 9 de abril de 2008 | Publicado por Almadía en 20:52 0 comentarios
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